Nuestras Firmas: Javier González-Cotta

A la sombra de las gradas en flor

Esplendor en la Hierba

Javier González-Cotta
13/05/2022

Últimamente, por aquello de picotear fuera de la Liga española, venimos observando con insana envidia las fiestas en las gradas que tienen lugar en ciertos estadios vibrantes y atestados de público (adiós covid, aunque no te hayas ido todavía). A menudo son algo más que un simple festolín entre hinchas.

La excepción, según nos cuentan desde Inglaterra, es el Eithad del Manchester City, que pese a estar a un paso de ganar la Premier League, tras su extraterrestre derrota en Champions ante el Real de Madrid, presenta síntomas de gelidez y escaso fervor entre los suyos (incluido Liam Gallagher, el ex de Oasis). Tanto es así que sus rivales lo llaman burlonamente el ‘Emptyhad’, aleación singular entre el nombre del estadio y el término ‘empty’ (vacío) en inglés.

El propio Pep Guardiola, emulando a su otro sosias (el independentista llorón con lacito amarillo y cara de catalán oprimido), casi ha rogado entre pucheros que sus hinchas acudan al estadio a animar al equipo. El City es el club más dopado económicamente de la Premier vía familia real de Abu Dabi y es uno de los que más aversión despierta en los pubs y foros de hinchas por esta artificialidad competitiva. De ahí que casi todo el mundo –a excepción de la parroquia del Everton– prefiera que el Liverpool gane la Premier League, a la espera de lo que, bajo la luz de talco de París, le depare su cita ante los madridistas en la final de la Liga de Campeones.

Otros estadios, en cambio, han mostrado su total contento con su equipo hasta niveles irreales, similares incluso a la estética de un logrado videojuego. Ocurrió en el estadio Senol Günes del Trabzonspor, que hace unas semanas ganó la Superliga turca (su título número siete y el primero tras 38 años de aridez frente a la clásica requisa de los títulos de liga turcos por parte de Fenerbahçe, Galatasaray y Besikstas).

Toda descripción se vuelve torpe y escasa para describir la demencial energía que estalló en el estadio tras el partido frente al Antalya y las celebraciones callejeras que tuvieron lugar en la antigua Trebisonda (último reducto bizantino del imperio de los Comnenos antes de la conquista otomana en 1461: justo ocho años después de la caída de Constantinopla). Entre la música sincrónica y sus miles y miles de móviles encendidos, como si el cercano Mar Negro hubiera provocado un tsunami de ascuas movedizas, los fanáticos hinchas del Trabzonspor convirtieron la fiesta por el título en una especie de madre de todos los conciertos tecno. Todo fue grabado por medio de cámaras y drones colocados por la propia logística del club. Increíble es poco decir. Echen por favor un vistazo por internet. Turquía nunca defrauda.

Por su parte, el Olímpico de Roma y el belicoso Stade Vélodrome de Marsella rugieron con pólvora y color en los compromisos que la Roma y el Olympique tuvieron que dirimir en sus recientes semifinales de Conference League ante, respectivamente, el Leicester y el Feyenoord. Si la Conference es un título terciario que provoca burla o desdén entre aficionados acostumbrados a otros estatus, ahí están los tifosos de la Roma y los fanáticos –¡y qué fanáticos!– del Olympique para bajar los humos a chulones, engreídos y bravucones de equipos de Champions y Europa League. Las gradas del Olímpico romano, atestadas y abanicadas por banderolas y tifos, celebraron con ardor la clasificación del equipo de Mourinho para esta peculiar final europea, la primera que se celebra en este nuevo y democrático formato (el propio Mourinho, reconocido creyente, ha sabido pastorear como nadie este fervorín por la Conference cual Moisés guiando al pueblo elegido por el secarral del Sinaí).

Asimismo, en el Vélodrome marsellés, entre el habitual azul celeste y blanco, pudimos contemplar un violento cuadro de ira, pirotecnia y bengalas en las enardecidas gradas. No hay templo francés que vele más por el culto a las vísceras que el Vélodrome. Los fanáticos mostraron un inmenso tifo con el lema ‘UEFA Mafia’, en respuesta al cierre por parte del estamento europeo de la curva norte del estadio. De seguido se prodigaron las bengalas, mientras una gran fumarola cubrió parte del campo, lo que debió verse desde gran parte de la problemática ciudad portuaria.

La puesta en escena del Vélodrome vino precedida de choques y altercados en las calles entre hinchas marselleses y neerlandeses del Feyenoord. El Vélodrome no asistió a la clasificación de su equipo para la final de la Conference, pero nos dejó una imagen de plástica violencia y de rituales de un forofismo llevado al límite. El reelegido Macron tiene trabajo en la declinante segunda capital francesa, pese a que el presidente de la República ha asegurado sentir afinidad con la cultura multipolar de Marsella, con su viejo puerto global venido a menos y, sí, con su peculiar equipo de fútbol.

De igual modo, en los partidos de vuelta de las semifinales de la Europa League, también quedamos prendados de otro par de estampas vistosas y memorables, que nos devuelven a la verdad emocional de este deporte, pero libre del llamado fútbol moderno y de sus insolencias tecnológicas aplicadas a soportes de ocio (motivo, entre otros, que ha dado pie al presente artículo).

El Rangers de Glasgow convirtió el Ibrox Stadium en un temblor de sísmicas emociones. Fue como el sobreseimiento a años de pobreza, humillación y sonrojo para burla del Celtic, con descensos ignominiosos por falta de peculio y un arduo camino de ascensión desde los pozos más tumefactos del fútbol escocés. Enseñas probritánicas de la Union Jack, banderas azules escocesas con la cruz blanca de San Andrés (la llamada ‘Saltire’) y el Estandarte Real de Escocia con el león rampante flamearon con orgullo entre la férvida hinchada unionista del Rangers. La primera vez que vimos el tremolar de estas banderas fue aquí, en Sevilla, en la fuente de la Avenida de Reina Mercedes, tomada en un prehistórico día de junio de 1982 por acalorados hinchas escoceses ataviados con faldas a cuadros. Ocurrió con motivo de uno de los partidos del Mundial España 82, que había congregado en su sede sevillana a las selecciones de la Unión Soviética, Brasil, Nueva Zelanda y Escocia.

Los escoceses del Rangers se las verán de nuevo en Sevilla en el Sánchez-Pizjuán, en la final de la próxima semana de la Europa League, contra los alemanes del Eintracht de Fráncfort, cuya hinchada no se queda atrás en fielato y coreografía de masas. De hecho nos hemos quedado absortos con el fervorín que emana de las gradas del Deutsche Bank Park (un nombre helador para una tórrida hinchada). Ocurrió en el partido de vuelta contra el West Ham United de semifinales de la Europa League, donde los alemanes lograron su pase para la final de Sevilla. Pero hemos vuelto a ver estas mismas gradas encendidísimas y vibrantes en el último partido disputado de la Bundesliga contra el Borussia Mönchengladbach, pese a que el Eintracht ocupa el anodino puesto duodécimo en la clasificación. No importa. Pancartas, tifos y decenas de banderolas y oriflamas blanquinegras ocuparon gran parte del estadio en una demostración de fuerza que nos dejó tocados visualmente.

Todo lo contrario, salvo episódicas excepciones, a la pobreza de color, recursos y ambientación que se estila hoy por hoy en los estadios de España. Las llamadas gradas de animación, lo mismo en Mestalla que en el Bernabéu que en Los Cármenes de Granada, son simples y ridículas pantomimas. Haríamos bien en tomar buena nota de las ollas a presión que se estilan por Europa antes de seguir hablando, en broma claro está, de “la mejor liga del mundo”.

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