Nuestras Firmas: Javier González-Cotta

Otra de virus: el Síndrome Valencia

Esplendor en la Hierba

Javier González-Cotta
21/05/2022

El azar quiso que disfrutáramos de una breve estadía en Valencia justo los días en que estalló una nueva y morrocotuda bronca en el conocido manicomio: Mestalla. Como es sabido, esta semana han trascendido unos audios poco decorosos por parte del presidente del Valencia CF Anil Murthy, edecán del cicatero asiático Peter Lim, patrón económico del club. En dichos audios, que se unen a la moda cinegética de revelar conversaciones privadas, el tal Murthy, repudiado por la afición (de ahí el bonito madrigal “Murthy/canalla/fuera de Mestalla”), arremete entre otros asuntos contra los muy queridos canteranos Gayà y Soler, a quienes pretende vender con impúdica urgencia, y vaticina, más o menos, otra temporada al vacío con Bordalás convertido poco menos que en un ninot equidistante.

Inscribiremos este nuevo y áspero episodio como un capítulo más del que podríamos llamar como ‘Síndrome Valencia’. Dícese del histerismo, la paranoia, el rapto bronco y desaforado en el que esta entidad y su afición llevan viviendo desde hace años, incluidos los no tan remotos que evocan su periplo por entre la tragedia heroica y la gloria del Olimpo bajo coronas de laurel.

Era aquel Valencia de las dos finales de Champions, ambas perdidas consecutivamente cual drama en oferta 2x1 (las de 2000 y 2001). Fue el mismo club que, refulgiendo de entre el ritual del ‘foc’, ganara dos lustrosas ligas en 2002 y 2004 (esta última –bien que la recordamos– la obró en el Sánchez-Pizjuán, donde asistió parte de la hinchada valencianista, mucha de ella de ella ataviada con cascos y cueros de motero tras rendir visita previa al circuito de Jerez). Era, en fin, el Valencia administrado bajo el chándal de los Claudio Ranieri y Héctor Cúper y que continuará, para asombro de foráneos, con el muy cuestionado Rafa Benítez (ganador de la Liga 2004 y también de la Copa UEFA de ese mismo año), quien a su vez, entre lágrimas, cederá el testigo otra vez a Ranieri hasta la era, igualmente áspera y criticadísima, de Unai Emery (previa quema de banquillo, entre otros, de Quique Sánchez Flores y Ronald Koeman).

El valencianismo infeliz, este ‘Síndrome Valencia’ al que nos referimos como extraña patología (incluso como enfermedad rara), alcanzó uno de sus puntos álgidos bajo la gestión de Rafa Benítez. Siempre nos resultó antipática la intemperancia de su afición, que parecía obedecer, visto todo desde fuera, a una extraña emulsión nerviosa, quién sabe si provocada por siglos de folklore autóctono, basado en el ruido pirotécnico, el fuego poco o nada purificador, la ruta del bakalao, la depredación de la costa, la corrupción política o la arquitectura del derroche bajo copyright de Santiago Calatrava.

El caso es que, como decíamos al inicio, nos dio por reflexionar por el valencianismo infeliz junto al mismo estadio de Mestalla. Nos agradó, como apunte al natural, que el estadio se halle en mitad del casco urbano y no en un infame predio perdido. De hecho, se alza junto a la robusta avenida Blasco Ibáñez, que llega al Cabañal y al primer aroma del mar por la Malvarrosa. Pero toda reflexión sobre el Valencia no se entiende desde el sosiego, como el que nos embargó, cual síndrome de Stendhal (disculpen la analogía), observando por fuera los graderíos de Mestalla. Al parecer el club del murciélago, a través del bien amado Murthy, tiene abierto un crudo litigio con la Generalitat acerca del estadio que pretende levantar en la zona de las Cortes Valencianas.

Nuestra memoria valencianista es parca pero sincera y tenaz. Recordamos su atuendo en sus visitas a Sevilla, cuando vestía su segunda equipación, tan chillona, con los colores de la Señera Coronada. Recordamos a Castellanos, aquel mediocentro tarjetero del Valencia, émulo barbado de nuestro admirado Sánchez Barrios. Recordamos a bote pronto, tirando del hilo de lo viejo, a Sempere, a Botubot, a Saura y, por supuesto, a Kempes. Y recordamos, también, alguna que otra bronca televisiva setentera o ya ochentera desde el estadio Luis Casanova, con un árbitro de riguroso negro –¿era Soriano Aladrén?– sometido a una preciosa y nostálgica lluvia de almohadillas al final de un partido. De igual modo, aún escuchamos con fanática repetición una de nuestras canciones favoritas de Los Planetas, ‘Un buen día’, donde se alude a un golazo marcado por Mendieta (probablemente la memorable volea ejecutada contra el Barcelona en unos cuartos de Copa del Rey de 1999, preludio de hecho de la sexta Copa para el Valencia).

Sí, son sólo brochazos en bruto, fogonazos del recuerdo que poco aportan a la historia del equipo che. Sobre valencianismo balompédico mejor sabrá el poeta y escritor Carlos Marzal, valencianista confeso (con cierto desvío madridista), autor de ‘Nunca fuimos tan felices’ (especie de entrenamiento de la memoria a través del fútbol) y de un cuento dedicado al jugador del Valencia CF, ya fallecido, Sixto Casabona. Marzal, por cierto, jugó al fútbol desde alevín en el Burjasot.

Por otra parte, más en la cuerda de la esquizofrenia, nos atrae el libro de Javier Pérez de la Cruz, ‘El guardián en el cemento’, título ingenioso sacado, a modo de revuelta, del célebre libro de Salinger y que forma parte de la imprescindible colección ‘Hooligans Ilustrados’ de Libros del KO. Se trata de un vistazo panorámico a aquel Valencia de primeros de siglo XXI, devenido entre el éxito y el horterismo de los delirios urbanísticos. No nos resistimos a copiar su sinopsis: “Los caminos del fútbol son inescrutables, aunque tú mismo hayas deambulado por ellos. Y más aún cuando la senda que atravesaba el Valencia CF durante los años de gloria y excesos urbanísticos. Entrenadores con más vocación de guionistas de Hollywood (o de cantantes de musical) que de técnicos. Agentes que veían a los niños como billetes calzados con botas de tacos. Directivos políticos en busca de convertir el cemento en oro. Dicen que los porteros son los locos del fútbol. ¿Pero había alguien cuerdo en la Valencia de los 2000?"

Todo lo apuntado hasta ahora sobre el malestar asociado al Valencia, al que llamamos como ‘Síndrome Valencia’, viene a cuento de la analogía que, de un tiempo a esta parte, se hace desde la prensa local sevillana con respecto a ciertos sectores nerviosos del sevillismo. Incluso parece que esta analogía va calando también en la Villa y Corte de Madrid. ¿Padece su afición o parte de ella de infelicidad patológica? ¿Ha convertido la loable exigencia en paranoia? ¿Por qué ese amargor pesaroso y constante? ¿Y por qué esa acritud? El debate sobre si Lopetegui sí o Lopetegui no ha vuelto a abrir la comparación con las formas tan desabridas que son comunes en el manicomio de Mestalla. Del sevillismo exigente al sevillismo intransigente el hilo es fino y su estética se le parece. El tiempo dirá si hay contagio de valencianismo o si sólo se trata de un absceso ocasional de impostura crítica, favorecida por años de mieles y pocas hieles, lo que ha traído consigo una intolerancia infantil a cualquier atisbo de frustración.

Por aquello de hacer campo de investigación, los sevillistas más agrios (sobre todo los que han hecho de su inconformismo una estúpida estética de redes sociales), están invitados a asistir a la manifestación anti Murthy y anti Peter Lim que ha convocado la afición valencianista este mismo sábado 21 de mayo, aunque tal vez haya motivos para meterles fuego (metafórico) a ambos. Algunos sevillistas puede que quieran contagiarse ‘in situ’ del ‘Síndrome Valencia’ y traerlo definitivamente a Nervión. Total, con la nueva viruela del mono, estamos en plena época de transmisiones de virus de todo tipo.

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