Nuestras Firmas: Javier González-Cotta

Volver al bosque de Sherwood

Esplendor en la Hierba

Javier González-Cotta
03/06/2022

Poco a poco nos vamos haciendo a la realidad: el páramo. Disculparán la reincidencia en lo que escribimos (¿chochez prematura?), pero sin Liga española, igual que sin ubres, no hay paraíso. Por eso andamos de menudeo noticioso, espigando por aquí y por allá, intentando asumir lo lejos que estamos incluso del kilómetro cero: el inicio de la pretemporada. Será cuando el sol de julio se alce imponente sobre nuestros cogotes, cual sol incaico, como el de la bandera argentina. Por eso, decíamos, nos consolamos con noticias foráneas, todas ellas felices, entrañables y hasta divertidas. Al menos para quien perpetra la presente. Veamos.

De Inglaterra nos ha venido una especie de reencuentro feliz con la añoranza que creíamos ya devastada. Resulta que el Nottingham Forest, el célebre Forest bicampeón de la Copa de Europa en 1979 y 1980, ha ascendido a la cúspide del balompié inglés y participará en la Premier la próxima temporada. Un halo de felicidad recobrada ha atravesado la Región de las Tierras Medias del este de Inglaterra. Durante largos años (23 nada más y nada menos), el club que da savia roja al legendario bosque de Sherwood ha estado morando en las más lóbregas catacumbas (ríanse de las Catacumbas de los Capuchinos en Palermo o de las de la iglesia de San Francisco en Oporto). Ha penado lastimosamente tanto en categorías terciarias como por la segundona Championship, a la espera de redención y de su tránsito, por fin, hacia la luz de la resurrección. Lo ha conseguido ahora, entrenado por Steve Cooper, bajo el mandarinato de la familia Marinakis, multimillonarios griegos procedentes del mundo naviero y propietarios, a su vez, del Olympiakos (el apellido Marinakis, por otra parte, nos retrotrae de paso a aquel glorioso pufo, Petros Marinakis, que jugó en el noventero Sevilla FC y que procedía, precisamente, del Oympiakos y del fútbol apasionadamente concebido en El Pireo).

Hemos leído que en los estadios al Forest le han gritado con ignominiosa costumbre aquello de “Ya no sois famosos” (caso de sus enemigos más íntimos, como el Derby County). El desdén incidía sañudamente en su deportivo y triste penar durante lustros y lustros, lejos de los años ‘vintage’ (de cuando ‘Los Roper’ Mildred y George), los cuales, mientras el Ulster ardía en llamas, convirtieron al equipo rojo y blanco de Nottingham en el único club europeo que atesora más preseas continentales de alto postín que ligas o copas nativas (entre ellas la liga de 1978).

Loado sea el Forest, que nos trae recuerdos de lejana pubertad, cuando jugábamos en las liguillas de colegios y clubes sociales y nos enfrentábamos a equipillos de simpática pero efímera vida, algunos de los cuales tenían nombres churriguerescos, como aquel No Tiren Flores, en homenaje onomatopéyico al Nottingham Forest, doble campeón de Europa en la hora aquella en la que fuimos niños, mucho antes de que la pérdida de la inocencia fuera haciendo su trabajo silenciosamente. Probablemente hoy, la gracieta aquella del No Tiren Flores merecería juicio sumarísimo por delito de deleznable guasa sevillana.

Asimismo, y por el lado divertido, como impagable personaje al que remite, nos llega otra noticia de lo más saltimbanqui. Esta vez desde Italia: el Calcio Monza, insólito club de la Lombardía, ha subido también a la Serie A del fútbol italiano. A los más perezosos, sobre todo en lo referente al glamour del ruido, el nombre de Monza sólo nos remitía hasta ahora al circuito para motociclismo y Fórmula 1 bautizado con tal nombre (Autodromo Nazionale di Monza). No hablaríamos de esta proeza en clave local italiana si no fuera por el mejunje de negocios y salsa rosa que la acompaña. El Monza es propiedad del inefable Silvio Berlusconi, quien lo compró en 2018 (3 millones de euros), cuando el ruinoso equipo lombardo moraba en el hábitat de los moribundos de la Serie C.

En su play-off contra el Pisa, el Monza se impuso finalmente permitiendo, a su vez, el retorno de Il Cavaliere a los más reputados palcos y antepalcos del fútbol transalpino. Cuán lejana queda ya la venta que realizó de su alicaído AC Milan a un grupo chino (justo ahora el club ha vuelto a ser adquirido por un nuevo grupo inversor made in USA por 1.200 millones de euros). Al parecer, fue su amigo, edecán y perro viejo a la milanesa, Andrea Galliani, el que asesoró a Berlusconi, hoy recubierto de cera sin arrugas, sobre las posibilidades crematísticas del Monza (“doquiera que el hombre va lleva consigo su novela”, dijo proféticamente Pérez Galdós, en referencia, ahora lo sabemos, al futuro nacimiento del sin par Galliani).

El caso es que, según nos cuentan, el ex mandatario italiano, de 86 palos y ennoviado con una damisela de 32, llamada Marta Fascina y diputada por Forza Italia, disfrutó del ascenso en casa del Pisa, el equipo que de inmediato remite a la célebre torre inclinada concebida por Bonanno Pisano. El gran Silvio, relatan las crónicas, disfrutó y sufrió del partido a partes iguales. Hizo sus aspavientos en el palco, conforme esa gestualidad típica tan italiana, aunque cuentan también que se quedó dormido en los minutos acuosos del descuento. Desde luego que, a partir de ahora, seguiremos con interés los avatares del Monza. Nos referimos, por supuesto, a los pormenores económicos que discurrirán por la puerta de atrás del club, más allá de lo deportivo, asunto que casi nos interesa menos, a la espera de conocer cuándo y cómo retornarán los 70 millones que el octogenario prócer, bañado en cera de abeja, lleva invertidos en el club.

Ni que decir tiene que agradecemos esta retroproyección a la infancia gracias al Nottingham Forest y que damos la bienvenida, de nuevo, a las artes –y arterías–de don Silvio Berlusconi. Algo de consuelo, pues, nos procuran estas noticias. Sobre todo ahora, cuando lo que nos sirven como canapé por delante, en modo degradación, es la calcomanía de lo que aparenta ser fútbol y sólo es un sucedáneo de presunto interés inexistente. ¿Qué es esto de la Copa de Campeones Cónmebol-Eurocopa, llamada la ‘Finalissima’ con indecente superlativo por parte de la FIFA? Argentina se ha llevado ante Italia este simulacro de fútbol auténtico disputado en la pradería británica de Wembley. Quizá sólo haya sido, tras la mano de Dios, otra venganza de los argentinos en suelo inglés por la derrota en la guerra de las Malvinas (justo ahora se cumplen 40 años).

El otro sucedáneo de marras, la Liga de las Naciones, sólo nos trae malestar y paladas de aburrimiento. Memorizar el calendario de este impostado torneo nos resulta más fastidioso que recordar la lista de conciertos de verano que perpetrará nuestro artista más detestado. Empataron España y Portugal en su primera parada técnica, que ha tenido lugar aquí, en Sevilla, donde apenas si se ha dejado sentir el influjo de este choque ibérico, pese a la matraca de RTVE. Si acaso, en cuanto a fútbol patrio, sólo ha venido a salvarnos por unas horas el interés por la guerra canaria, con ese play-off de ascenso a la Liga Santander por parte de la U.D. Las Palmas y el Tenerife. Inquina insular y mojón picón en la sangre. Viajar a las Canarias, a la ciudad natal del citado Benito Pérez Galdós y a la isla maldita donde el Real de Madrid perdió dos ligas consecutivas (1992 y 1993), podría resultarnos estimulante. Pero no tanto como retornar al bosque de Sherwood, el frondoso hogar del Nottingham Forest.

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