Nuestras Firmas: Javier González-Cotta

Sanfermines Fútbol Club

Esplendor en la Hierba

Javier González-Cotta
08/07/2022

Disculpen la malicia, pero uno de los alicientes añadidos en los encierros de San Fermín es observar en ciertos lances la angustia de los mozos, en especial los que lucen las camisetas de fútbol de los equipos a los que uno considera hostiles o directamente despreciables. No deseamos –Dios y San Fermín nos libren– que los empitonen mortalmente, pero sí que se trastabillen, se caigan y sufran su rico lote de contusiones y traumatismos, en atención al parte que suele ofrecer la Cruz Roja recién terminado el encierro.

Hace ya muchos años que comenzaron a verse atuendos relajados entre los corredores. A veces, en cuanto a inteligencia y saber estar, en los encierros no se llega a distinguir bien la manada cornúpeta de la manada humana. En la cuesta de Santo Domingo suele predominar el atavío blanco y rojo. Pero al llegar a la plaza del consistorio y al célebre esquinazo de Mercaderes, donde cabestros y morlacos resbalan con estrépito para horror del PACMA, ya empieza a conformarse ese impropio colorido entre los mozos. La multitud parece un alocado pelotón de lacasitos y el blanco con detalles rojos se convierte de pronto en el título del libro de Michel Pastoreau ‘Los colores de nuestros recuerdos’.

No sabemos si es más leyenda apócrifa que verdad científica. Pero la moda de gastar camisetas de fútbol en los encierros se atribuye en parte a un aficionado del Betis. A inicios más o menos de este siglo XXI (¿2006? ¿2007?), entre la bulla de corredores destacaba cierto sujeto enfundado con una camiseta con rayas blancas y verdes. Para unos era prueba de fidelidad y de arte entre la feligresía verdiblanca. Para otros exhibicionismo y prueba, una vez más, de talibanismo mediático. Elijan ustedes. Pero lo dicho, no podríamos confirmar con certeza si fue un bético o no el iniciador de la infame moda. Sea como sea, lo cierto es que quienes lucen camisetas de fútbol a rayas son los que más se destacan por televisión (un reportaje periodístico contó en su día hasta 44 camisetas de clubes diferentes en un solo encierro).

En los dos primeros encierros ya hemos detectado camisetas del Valladolid, Atlético, Athletic, Sporting de Gijón y Real Sociedad (los mozos donostiarras suelen ser reincidentes). Son casi como los clásicos de entre la gran pelotera de corredores. Hemos visto por supuesto el rayado verde y blanco de un seguidor bético, aunque también había otro gemelo, pero con la camiseta blanquiverde del Córdoba de los omeyas. Varios corredores lucían también las franjas de la senyera catalana, habitual en las segundas equipaciones del FC Indepe de Barcelona (lucir la señera coronada de la Comunidad Valenciana, como hemos detectado también, es otro clásico entre los lacasitos). Hemos contado por dos veces a un corredor con la camiseta del singular damero rojo y blanco del escudo de Croacia. Hasta que la cámara lenta no nos sacó del error, creímos que era el mismo sujeto quien, sin embargo, lo que lucía era el maillot de lunares rojos del campeón de la montaña en el Tour de Francia. Pelotón de ciclistas y pelotón de mozos. Tanto monta hoy por hoy a vista de dron.

Entre otras camisetas chillonas pero no futboleras (amarillo girasol, morado comunero, naranja triste de Ciudadanos, celeste purísima, fucsia, verde pistacho, etc.), se han visto también otras más discretas (Real de Madrid, Rayo Vallecano, Éibar, River Plate, la albiceleste de Argentina). Hemos visto correr a un mozo con su elástica del Inter de Milán, pero la de la segunda indumentaria de hace unos años, que llevaba en el pecho una gran cruz roja latina de San Jorge, lo que motivó en su día la protesta formal ante FIFA y UEFA de un hincha turco del Fenerbahçe por ofensa al islam. A su juicio era racismo religioso al remitir a las cruzadas y a la cruz de los templarios.

Curiosamente, no se ven demasiadas camisetas rojillas de Osasuna, resaltando algo más si acaso las verdes, que es el color de la enseña de Pamplona y que el conjunto navarro suele gastar ocasionalmente como segunda opción en la Liga (a veces se confunden con la de alguno que otro que lleva la camiseta de la selección de Irlanda o la de México). Del Sevilla FC no suele verse ninguna, cuando iría a juego con las de los puristas que sí lucen el blanco nuclear junto con su faja y pañuelo rojos (basta que uno apunte el detalle para que mañana o pasado mañana las cámaras se recreen en un corredor llegado de la peña sevillista Macarena).

Ni que decir tiene que estéticamente nos resulta horrible la paletada de colores y tornasoles que ofrecen los mozos. El consistorio pamplonés aconseja –pero no obliga– llevar prendas blancas con el pañuelo rojo, como manda la tradición, pero igual que aconseja llevar calzado cómodo, no tocar el lomo a los toros o correr sin pertenencias (incluida la maceta de kalimotxo). No se prohíbe, por tanto, el efecto cromático que provocan los lacasitos, como sí se prohíbe, en cambio, correr si se es menor de edad, si se está cocido de alcohol o drogado o si, al inicio del encierro, algún bobo o despistado se halla situado en un lugar no acotado por la policía. Harían bien los munícipes de Pamplona en elevar la rigurosidad en los atavíos, igual que debieran emplearse más en informar a la audiencia de que San Fermín no es el patrón de Pamplona –lo es San Saturnino– y que el santo y primer obispo de la ciudad, a la sazón San Fermín, es sólo el copatrón de Navarra, junto con San Francisco Javier.

A falta de regulación cromática, seguiremos entretenidos mientras vemos con confesable malicia si el mozo de algún que otro equipo enemigo las pasa canutas. A menudo solemos deleitarnos en las montoneras que se forman en la entrada a la plaza de toros. Muchos llevan la camiseta de fútbol del innombrable. Resulta placentero, para qué engañarnos. En esto sí coincidimos con los animalistas, que en el fondo están casi deseando que los toros, que luego serán acuchillados, embistan a sus torturadores, como suelen denunciar. Es lo que tiene este “Gólgota matutino de cuarenta y ocho toros”, retransmitido con todo alarde técnico por RTVE, como dice Eva Güimil, crítica de televisión en El País. Padre, perdónala porque tal vez no sabe lo que dice (por aquello del Gólgota).

 

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