Nuestras Firmas: Lucas Haurie

Casta, coraje y agonía

El tackle

Lucas Haurie
19/12/2021

¿Cómo fue la victoria del Sevilla contra el Villarreal? Agónica por lo heroica, también porque necesitó la respiración asistida de la grada para no asfixiarse. ¿Cómo se mostró en Salzburgo, en toda la fase de grupos de la Champions? Agonizante para terminar como un Cristo yacente, exánime. ¿Venció luego en San Mamés? Lo hizo agónicamente, tras salir de milagro del hoyo que él mismo se había cavado. ¿Qué sentía el sevillismo mientras se acercaban los penaltis en Andraxt? Enfado, pasmo, calentura, vergüenza y para terminar... ¡una agonía de catorce lanzamientos! ¿Por qué le ganó al Atlético? Por su agonismo innegociable, ese espíritu de lucha que lo aferra a cada partido juegue mal, regular o bien hasta darse, como mínimo, la oportunidad de no perderlo. 

En su imprescindible Diccionario Etimológico, Joan Corominas señala que “agonía” se introdujo en el español a mediados del siglo XV procedente de un sustantivo bajo latino que, a su vez, deriva del término “agón”, que en griego clásico significa “lucha” y también “reunión”. Es el Sevilla, por tanto, “prot-agonista” de esos partidos –el primero en pelear, literalmente– que no podrían disputarse sin la presencia de un “anta-gonista”, aquél contra el que se combate. El uso en el español moderno ha acotado la palabra “agonía” a la batalla definitiva, la que se libra entre la vida y la muerte. Por eso, el DRAE la define en su primera acepción como el “estado que precede” al óbito. ¡Como si no lo fueran todos! Va a morir este equipo, igual que todos nosotros, pero va a hacerlo igual que los jinetes del Séptimo de Caballería en Little Big Rock: con las botas puestas, la pistola humeante en la mano y escoltado por un rosario de cadáveres enemigos.

Arreció la incomprensión para con el compositor Manuel Osquiguilea y su hijo Ángel Luis, letrista, por ese himno del Sevilla que habla en su primer verso de “la casta y el coraje”, dos virtudes que en 1983 –y en los dos decenios siguientes– le eran bastante ajenas a un club donde cundía, en general, el carácter gallináceo y se apreciaba más un mal jeribeque que un buen tackle. Y, sin embargo, ¡fueron unos visionarios! Bilardo, Caparrós y sobre todo Monchi, el hilo conductor entre ambos, fueron forjando entre siglos la máquina de guerra en que se ha convertido este club que gana desde hace tres lustros muy por encima de sus posibilidades. Sin dinero para pagar a un Suárez, a un Griezmann, a un Joao Félix, a un Lemar o a un Carrasco, plantea cada partido como una batalla que afronta con, por todo armamento, un escudo de acero y un martillo como el de Thor. Más veintitantos pares de cojones como peras de agua. ¿Es bonito? A menudo es aburrido y es feo en ocasiones. ¿Para qué le va a dar? Ni idea, pero tíos así no son sencillos de abatir.

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