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Covid 19 – Betis 0

El tackle

Lucas Haurie
14/06/2020

A falta de algo más de veinticuatro horas para que el equipo de Rubi certifique su permanencia o se embarque en una travesía incierta por los procelosos mares de la cola y tres días después de la grotesca reaparición del primer equipo verdiblanco en el Sánchez-Pizjuán, ya pueden considerarse Don Haruel y a Catalanza, su fiel escudero, como los grandes perdedores de esta primavera sui generis que 2020 se apresta a dejar atrás. Y mientras permanezcan en el Betis H&C, será el Betis quien pierda en cada derrota de sus mandarines… pero tampoco ganará en cada victoria porque, siendo imposible que conduzca a éxito alguno, no tendrá otro efecto que el de prolongar su estancia en los cargos. Endemoniada situación, o sea, por no escribir cabrona.

Por abundar en ejemplos concretos que expliquen el titular de este artículo, además, recordemos de qué le han servido al Real Betis Balompié y a su zarandeada masa de seguidores el sinnúmero de triunfitos, medallitas, postureítos, tantitos acumulados por Don Haruel y Catalanza durante el pandémico paréntesis, esa miríada de historias edificantes y/o imágenes tiernas difundidas hasta la náusea (es literal: cierto peloteo empalaga hasta provocar el vómito) por el cinturón mediático que se han comprado usando dinero y recursos del club.

Podríamos afirmar, en efecto, que no ha servido para nada el jaleo armado con cualquier acto banal ni esa energía dilapidada en ocuparse de lo anecdótico, desde el esmalte de uñas de un futbolista hasta la consulta a la RFEF para que indulten a un chico del filial, pero no sería cierto: todo eso ha servido, concretamente, para que lo más importante en una sociedad anónima deportiva, su plantel de deportistas profesionales, haya gozado de una cuarentena entre vacacional y tuitera para, al cabo, plantarse en el único partido que podía salvar la temporada en estado comatoso: sin la mínima condición física ni anímica ni táctica para transitar por la élite.

El fútbol es un negocio complejo y de competencia feroz en el que cada decisión es crítica. Hace dos años, Betis y Sevilla equipararon fugazmente sus desiguales líneas de los tres últimos lustros. Con los sevillistas mirándoles la matrícula en la tabla, cierto que en una temporada en la que jugaron una final copera y unos cuartos de Champions, los béticos celebraban un curso histórico por la histórica goleada que infligieron al vecino en su propio campo. Ángel Haro, desde la atalaya de sus estudios superiores y a lomos de los millones que dice que tiene, pinchaba a Pepe Castro por la llanura de su economía y la modestia de sus orígenes: “A mí no me hace falta ponerme un sueldo”, le dijo entre otras puyas más o menos humillantes.

Un año después, en la primavera de 2019, ni Sevilla ni Betis habían competido a la altura de las expectativas y aunque los blanquirrojos quedaron por delante, los albiverdes ganaron uno de los derbis e izáronse hasta una meritoria semifinal copera. ¿He dicho ya que el fútbol es un negocio complejo en el que cada decisión es crítica? Fue entonces cuando el ingeniero sabihondo sacó el ramalazo de niño mimado al que nadie discute sus caprichos y prescindió de la cúpula bicéfala de su organigrama deportivo para poner al frente a su amiguete, el enésimo amiguete a sueldo en un club contaminado por los vicios de la peor política; y cuando el antiguo camarero reincorporó a la empresa al más brillante ejecutivo de su historia. ¿Hay hoy en el fútbol sevillano un presidente listo y un presidente tonto? Claro que no. Pero sí hay diecisiete puntos de diferencia entre un presidente que obra con mirada fija en el interés de su club y otro que vivaquea en un iglú de rencor mecido por la soberbia más cegadora.

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