Nuestras Firmas: Lucas Haurie

De techos e insatisfacción crónica

El tackle

Lucas Haurie
04/03/2021

Diego Pablo Simeone va camino del decenio en el banquillo del Atlético de Madrid, un club al que ha dado la vuelta como a un calcetín, sin acumular el crédito mínimo que lo salvaguarde de un cuestionamiento permanente tras cada derrota, también después de cada empate e incluso, con frecuencia, cuando algunas de sus victorias no se ajustan a cierto canon estético. Está bien. Siete títulos en ocho temporadas y media, cuando los colchoneros habían ganado uno en toda la primera década del siglo XXI, y el crecimiento económico aparejado a haberse convertido en un habitual en las rondas finales de la Champions –lo que va, en materia de fichajes, de Movilla a Luis Suárez– tampoco generan unanimidad a su alrededor. Gana poco, dicen, y le afean dos finales de la Copa de Europa perdidas contra el Real Madrid, una en los penaltis y otra en la prórroga tras ir ganando hasta el minuto 93. Duro.

Dentro de unos años, la psicología deportiva describirá el “Mal de Simeone” como una especie de melancolía que mata de éxito a los equipos que alcanzan su techo (véase los casos de los riquísimos PSG y City en la Champions, por ejemplo), igual que se cuenta que Alejandro Magno murió de melancolía al entender que no le quedaba mundo por conquistar, cuando al final resulta que falleció a causa del síndrome de Guillain-Barré, una enfermedad de los sistemas nervioso e inmunitario. Al Atlético del Cholo, como al Sevilla desde 2006, lo que le ocurre es que el empacho repentino de triunfos lo ha inhabilitado para digerir las derrotas. Desacostumbrado a perder, el entorno sevillista se comporta como esos niños mimados a los que jamás se contraría y que estallan iracundos en cuanto se les niega un capricho. En el fútbol, el entrenador es la diana principal contra la que se evacúa la rabia, pero no la única.

Los memoriosos recordarán cómo en el verano de 2007, cuando Juande Ramos estaba a punto de romper con Del Nido sénior por dinero y por otras cuestiones, el Sevilla y sus terminales mediáticas de entonces esparcieron la idea de que un título de Liga se había escapado por culpa de la alineación del manchego en Tarragona. Espigar ese detalle de entre toda la trayectoria del entrenador en el club es… bueno, lo mismo que recordar que Unai Emery, ganador de tres títulos europeos consecutivos y plusmarquista histórico de puntos (¡¡76!!) en una campaña, estuvo nosecuántos meses sin ganar fuera. No existe técnico en el mundo que resista ese tipo de juicios inquisitoriales (probatio diabolica), Julen Lopetegui tampoco y ni siquiera quienes consiguieron los logros que al guipuzcoano se le resisten.

Porque el Sevilla, hoy apartado de la final de la Copa y con un alto obstáculo interpuesto delante de los cuartos de la Champions, habría vendido hace quince días su alma al diablo por eliminar al Barcelona y al Borussia. Pero esto, al amanecer tras el triunfo, también habría resultado insuficiente, Al gigante blaugrana, en pleno apogeo de la orgía de títulos con Guardiola al mando, lo apeó en su camino al último título copero el equipo dirigido por Manolo Jiménez, tercero la temporada anterior y en los octavos de la Liga de Campeones como líder de grupo dos meses antes de… ¡ser destituido sin siquiera dirigir la final! Hace tres años, Vincenzo Montella fue finalista de Copa y cuartofinalista de la Champions, las dos condiciones tan anheladas hoy, pero ni siquiera terminó la temporada en una primavera en la que el director deportivo fue corrido a gorrazos y hasta el presidente vio peligrar su poltrona.

Los logros de Julen Lopetegui en el Sevilla hasta el momento son estimables, aunque la ilusión generada por este final de invierno haya disparado los niveles de decepción a medida que las opciones de gloria iban decayendo. Pero ni él ni los demás responsables del club deben reprocharse los errores cometidos, que claro que los ha habido, más de lo estrictamente razonable. ¿Cuál es el umbral de la satisfacción? Está visto que pasar las dos eliminatorias de marras, no. Que se lo pregunten a Montella. Un título de Liga soplado a Messi y a Cristiano en su apogeo o dos finales de Champions, según lo vivido por Simeone, tampoco. Tal vez la respuesta haya que encontrarla en la mente de cada aficionado, demasiado inmaduro como para entender que la derrota, en la competición, es una posibilidad; o en la responsabilidad de los medios, que debiéramos resistirnos con más ahínco a la deriva populista.

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