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ISAACESCALERA
Mirando al tendido

Pablo Aguado resucita el toreo perdido

10/05/2019 · Isaac Escalera

Lo he visto. No me lo han contado. Yo he visto al viejo sevillano que siempre hablaba de esta faena. He vuelto a palpar al maestro que me lo decía y repetía y yo nunca veía. Fui escéptico, pero hoy he notado de nuevo lo que escuchaba en esas tertulias maravillosas de grandes aficionados. Porque lo he visto. Y teníais razón. Me contaban que el toreo puro nunca pasará de moda, que pegarle veinte muletazos de cartel a un toro con la cintura, las muñecas y asentado eran dos orejas en cualquier plaza del mundo y que el toreo eterno siempre será invencible. Ni tremendismos ni plagios. Pablo Aguado fue dueño de la tarde, llegando casi como un invitado, realizó la mejor faena de la feria, salió como triunfador del serial al cortar cuatro orejas y abrió la Puerta del Príncipe bajo aclamación popular. Y lo que es más difícil todavía, puso a todos de acuerdo. Porque hoy he visto lo que siempre me han contado. Ese primer quite por chicuelinas fue un aviso para lo que vino. Verónicas eternas, medias inalcanzables para los mortales. Con la capa, sublime, pero con la franela, inmejorable. Porque ese desgarro en forma de olé suena distinto cuando el muletazo sale del corazón. Qué forma de torear. Sí, es posible otro toreo ante tanto tumbacarnes. Lo he visto y claro que es posible. Estos derechazos cadenciosos son los que siempre ha soñado Pablo Aguado recetar en Sevilla. Porque seguro que caminando por su ciudad en las noches de invierno y mirando fríamente a esta puerta tan prestigiosa le costaría respirar. Porque la Giralda ha sido testigo de esta apoteosis cultural. Porque cuando Aguado se perdía y paseaba por el barrio de Santa Cruz se imaginaba cómo tenía que ser el paraíso. Pero nunca lo hubiese pensado así. Porque el paraíso se queda en nada al lado de lo que hoy se ha vivido. Los vencejos han vuelto a ver el alma de la tauromaquia. Lo de hoy lo has sentido para volvernos locos a todos. Qué inicio más toreo, qué faena más medida, qué final por bajo y vaya estocada. Todo en poco tiempo, porque el cielo se alcanza de esa forma. Hemos visto torear en Sevilla. Los naturales interminables, hundido en el albero, con el brazo suelto y con naturalidad fueron apoteósicos. Y eso que no humilló el tercero de Jandilla. Pero en el último, y pese al aire, trazó un ramillete de naturales inmortales que son casi imposibles de pegarlos de salón. Pues los he visto. Fue una explosión de alegría, de emociones, también de llantos por volver a ver torear en Sevilla. Años y años sin ver este toreo. Repito, años y años. Sin forzar la figura, cargando la suerte. Sevilla volvió a ver torear y en Sevilla resucitó al toreo perdido. 

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