Un rosario con muchas cuentas

José María Pinilla
José María Pinilla
30/10/2022

Hace un cuarto de siglo, chispa más o menos, surgió en la hermandad de la Hiniesta la idea de celebrar unos turnos de vela nocturna a la Dolorosa entre los dos días que está en su solemne besamanos al inicio de la Cuaresma. Los animosos chavales de la juventud de entonces, de la que formaba parte quien esto firma, nos ofrecimos entusiasmados a participar y, de esta guisa, nos organizamos en grupos en distintas franjas de tres horas para acompañar a la Virgen desde que se cerraba la iglesia el sábado hasta que se volvía a abrir el domingo. Además de disfrutar de unas charlas jugosas en la sacristía (en sentido figurado y hasta literal gracias a unas torrijas que alguien atinadamente trajo), cada hora o así nos sentábamos a las plantas de tan celestial Señora para ofrendarle un devoto rosario. En estas, uno de esos años llegó la hora del rezo y resulta que algunos de los veladores habían caído presa del sueño –cuales apóstoles de Montesión– y solamente quedábamos dos despiertos. Con la mejor de las intenciones, cogimos el papelito de las oraciones y allá que arrancamos. Llevábamos ya un buen rato cuando nos pareció que aquel rosario duraba mucho. Yo, que tenía el texto en las manos, le dije a mi amigo que aún quedaban varios misterios más, así que seguimos sin dudarlo. Uno tras otro cayeron los ¡quince! misterios –menos mal que entonces no eran veinte, como ahora– con sus correspondientes padrenuestros y avemarías (quince de los primeros y ciento cincuenta de los últimos). En nuestra ignorancia beatil, desconocíamos que los misterios siempre deben ser cinco y que su elección depende del día de la semana. Si hubiera un libro Guinness de los rosarios, el nuestro difícilmente sería desbancado de la publicación como el más largo.

Valga esta anécdota para referirnos al octubre que se nos termina, al que nuestras abuelas llamaban el Mes del Rosario por celebrarse esta festividad el día 7 del mismo. Igual no todos saben que esta fecha perpetuó la divina intervención que, según se entendió en su momento, decantó la célebre Batalla de Lepanto del lado cristiano, en la que, para ventura de nuestras letras, Cervantes fue herido en la mano izquierda y no en la diestra. Otra curiosidad de este mes que se despide nos la trae su etimología, pues, aun siendo el décimo del año, su nombre nos dice que es el octavo. Cosas del calendario atribuido al legendario Rómulo, ese que avanza poderoso desde la Calzada bajo la loba en el trono de Pilatos.

Sin andarnos más por las ramas como Zaqueo, resulta que este mes que acaba ha sido, desde la perspectiva de las procesiones, intenso y completo como pocos. No entraré, como puede ser previsible dado mi historial, en valorar si ahora exageramos con tanta salida extraordinaria en comparativa con otros momentos. Me limitaré a decir que las cuentas del rosario octubrino de este Anno Domini 2022 nos han ofrecido múltiples e inolvidables estampas, además de unas considerables agujetas para aquellos cuya edad se nos delata por los huecos en los tramos capilares, cuyo diputado se esmera en vano en minimizar.

Para desgranar los misterios de nuestro particular rosario, con el permiso de la curia eclesiástica voy a agruparlos con una cierta libertad según las sensaciones que me han producido. Me van a permitir que renombre a los dolorosos (en teoría los aplicables a las Vírgenes llorosas que han celebrado distintas efemérides) como gozosos, pues un gozo y no otra cosa ha sido su contemplación en las respectivas feligresías. Aunque la salida de la Virgen de los Dolores y el traslado de ida de la de las Mercedes tuvieron lugar aún en septiembre, admítanme su inclusión en este recorrido. Aclarada esta salvedad, nuestras cuentas gozosas arrancaron más allá del antiguo cauce del arroyo Tamarguillo, donde el sincero ambiente popular (en el mejor sentido de la expresión) se pudo degustar en cada punto del paseo triunfal. Autorícenme, eso sí, a desechar del grato recuerdo los histriónicos y nada espontáneos gritos a la llegada del palio en ciertos enclaves. Por fortuna, parece que este fenómeno tan hortera va perdiendo apoyo. Avanzamos en nuestra serie de pasos de palio otoñales con la Dolorosa de Santa Genoveva, a la que tuve la dicha de acompañar por el Porvenir y en sus últimas calles llegando a la catedral. Arropada por su barrio itinerante, como si de un Lunes Santo se tratase, en todo su trayecto dejó un aroma de elegancia y buen gusto. A los pocos días, quiso el destino ofrecerme la posibilidad de ver a la Virgen de Gracia y Esperanza cerca de donde las llamas de un odio incomprensible calcinaron al histórico Cristo de San Agustín. Esta Dolorosa, por coincidir su jornada penitencial con la mía, no la puedo contemplar en su cofradía de San Roque, así que la ocasión fue un regalo. Con la inmejorable compañía de mi hija la disfruté en el arranque de su recorrido y paladeé su delicadeza y finura.

El colofón de esta feliz retahíla de Vírgenes bajo palio nos llevó a la histórica collación de San Vicente. La Señora de las Aguas, íntima y predilecta devoción de un servidor, es un anhelo que no hubo que esperar a la noche de un lunes de primavera. Aún más especial fue el encuentro gracias a los solemnes acordes compuestos por el maestro Braña a las Tristezas de María Santísima ante la capilla de la Vera Cruz. A pesar de que en algunos puntos la candelería estaba más apagada de lo esperado, esta cuenta del rosario la catalogaré como misterio luminoso, pues deslumbrado me deja la mirada implorante de esta Virgen de manos entrecruzadas –confiemos en que se mantenga así– cuando pasa sencilla pero arrebatadora ante mis ojos. En este mismo grupo luminoso incluiremos al Señor de la Resurrección, al que en este caso no acompañó la amanecida tan propia de su iconografía. El cincuentenario de su hermandad en Sevilla lo llevó a cambio por enclaves inusuales, en los que su poderosa silueta fue dejando una indeleble huella.

Concluimos nuestro rosario con las procesiones propias de estas fechas, que tal vez hayan quedado relegadas entre tanto acto extraordinario, y que compondrían los misterios gloriosos. El mes de octubre en Sevilla no se concibe sin las devociones letíficas de la Esperanza Divina Enfermera, la Cabeza, la Encarnación, el Pilar, las Nieves, la Salud del Plantinar o la Sierra, además de –por supuesto– todas las Vírgenes del Rosario: el Barrio León, los Humeros, Madre de Dios, las Aguas, San Julián (malditas gotas de agua), la Macarena, San Vicente o Santa Catalina (aunque estas dos últimas estiren el mes un día más, hasta el 32). En estas salidas medidas, auténticas, rebosantes de historia y de categoría artística se palpa la verdadera esencia de nuestra identidad como ciudad mariana.

Quizá alguno interprete, arqueando una ceja de manera ancelottiana, que todo esto ha sido un poco excesivo –y tal vez hasta tenga razón–, pero, como decía aquel tango que popularizó Julio Sosa, que nos quiten lo bailao.

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