Tardes de domingo

María José Caldero
María José Caldero
14/11/2022

Para combatir los efectos adversos de la soledad de las tardes de los domingos me voy a la calle.

La suerte de un capillita hermano de la soledad del alma es que en esta ciudad siempre hay un acto cofrade al que apuntarse sin la obligación social de ir acompañado, sin sentirse un paria en esta sociedad de amigos de escaparate. 

Llevo la vida tatuada en las suelas de mis zapatos. ADN de alquitrán y adoquín de las calles de Sevilla.

Es un domingo de noviembre y las zapatillas, planas y cómodas de quien ya tiene edad suficiente para elegir lo que puede hacerle daño, me han traído hasta un bar en San Eloy. Encontrar un sitio donde tomar un café sin escuchar el traqueteo de los trolleys de los, bienvenidos sean siempre, turistas se ha convertido en el decimotercer trabajo de Hércules, el de las columnas de la Alameda. Ups. La Alameda, aquel elegante paseo surgido tras drenar el Conde de Barajas una zona en constante inundación y que, como un cincuentón o cincuentona que se resiste a dejar de ser un chavalito, se disfraza de alternativo que escucha música indie cuando cae la tarde, pero al que se le ven las costuras y la amargura por San Juan de la Palma de vuelta por las mañanas.

He llegado hasta este lugar a pedir un cortado mientras escribo y hago tiempo para encontrarme con la Virgen del Amparo.

Frente a mí, un local indefinible con carteles de Fiestas de la Primavera de la década de los 40, azulejos (que me perdone Niculoso Pisano) de la Macarena y el Gran Poder, una cuerda con farolillos de lunares, bebidas frías take away y un perchero con vestidos de estampados étnicos que no pasarían ningún filtro de “esencia” sevillana. Ay, la “esencia”.

Estoy a un paso de la Magdalena. Barroco en el ensanche de San Pablo. Gótico-mudéjar en las entrañas.

Ansío ver el perfil leonardesco de esta joya de Roque Balduque. Párpados infinitos, verticalidad en la nariz que orilla en una boca que dibuja una sonrisa de cinco siglos. Sfumato en la Magdalena.

Pasan costaleros, jóvenes, costal en mano, recuerdo que mi querido Fernando Blanco va con Ismael Vargas mandando. Qué suerte andar bajo el amparo de su mirada.

Pago el café, pregunto cómo va el Sevilla, campeones de Europa en tiros a puerta sin peligro, todo en orden en esta temporada de trío de capilla.

Llegan los trolleys. 

Huyo. 

Me voy a curarme la soledad donde reina el amparo.

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