Cabildos de salida

José María Pinilla
José María Pinilla
23/02/2023

La inminencia de la espera nos acelera el pulso a los cofrades. Son días estos de recrearnos en pequeños detalles como encontrar el más mínimo brote de azahar, celebrar el primer tubo de los palcos, sacar una sonrisa de satisfacción al cruzarnos con un ensayo de costaleros o ver amontonarse las convocatorias de cultos en las fachadas de las iglesias. Junto a estos signos visibles al exterior, otros muchos ritos en los templos y las casas de hermandad también se precipitan en el calendario porque, como espléndidamente cuenta mi querida Eme, todo acabará llegando.

Parte de estos pasos de los albores (buenas tertulias cofrades hemos echado en Pío XII, por cierto) de la propia Cuaresma lo suponen los cabildos de salida. Como es conocido, en las hermandades se cita a sus miembros para informarles de todo lo relativo a la próxima salida procesional. Ante la asamblea se exponen las partidas económicas relativas a la cofradía, se detallan el horario y el itinerario y se hace la tradicional pregunta de si se celebrará la estación de penitencia. Aunque lo habitual es un silencio que se considera unánime aprobación, no descartamos que algún hermano ingenioso salga con aquello de “Yo creo que… salimos”, que tan célebre han hecho nuestros admirados amigos de El Palermasso.

No obstante, este año más de un cabildo de salida va a ser atípico. Y es que no es necesario recordar que la Semana Santa de 2023 va a presentar numerosos cambios organizativos y en no pocas hermandades la mesa va a tener que explicar a la nutrida asistencia –que aumenta en estos contextos inciertos– los procesos que han llevado a tener que salir antes, entrar después o dar tal o cual rodeo “por el bien de la jornada penitencial”. Puede que sea el momento en que afloren las rencillas de algunos hermanos con los rectores de la corporación, que serán tachados de pusilánimes; puede que otros insten a la junta de gobierno a comunicados contundentes e incluso tal vez sobrevuele la idea de no esmerarse demasiado en el cumplimiento de lo acordado, vaya a ser que si todo resulta bien se perpetúen las novedades. De todo habrá, porque los cofrades somos cada uno de nuestro padre y nuestra madre, aunque confiamos en que no se planteen medidas extremas del calibre de cancelar la estación de penitencia, potestad que –no lo olvidemos– el cabildo soberano tiene.

No es insensato afirmar que todos coincidimos en reconocer la voluntad del Consejo de Hermandades y Cofradías para cambiar lo que a todas luces no funcionaba, pues –más allá de circunstancias puntuales por motivos climatológicos o imprevistos de otra naturaleza– ciertos problemas estaban más que detectados y se intensificaban año tras año. Al hilo de esto, conviene recordar que la institución de la calle San Gregorio tiene delegadas por el Palacio Arzobispal las tareas relativas a la organización de la Semana Santa y que la autoridad eclesiástica puede imponer –en este caso a través de la entidad presidida por Paco Vélez– decisiones sin que medie voto por parte de las hermandades afectadas. Partiendo de esta premisa, el Consejo habría podido aplicar su criterio sin más explicaciones, por lo que se debe valorar en positivo que hicieran públicos los principios que se habían de considerar en las reformas y que se haya promovido el consenso autónomo entre las hermandades de cada jornada. Hasta ahí, caben pocos reproches.

Sin embargo, se suele manifestar que “el papel lo aguanta todo” o, como alguno con sorna diría, “en su cabeza sonaba espectacular”. Y es que llevar a la práctica tan loables iniciativas colisiona con ciertas líneas rojas que cada hermandad mantenía y es obvio que esos principios (recordemos: evitar entradas excesivamente tardías, optimizar la alternancia de llegada y salida de la Carrera Oficial, hacer que las cofradías con sedes más céntricas vayan hacia el final de la nómina o evitar puntos de aglomeración) parecen en verdad incompatibles en más de un caso. Muchas tablas de Excel y bastantes cafés y cervezas en los que plasmar alianzas entre corporaciones con similares intereses después, al final cada hermandad presentó sus propuestas y estas fueron votadas. A la hora de la verdad, el estatus de “intocables” de determinadas cofradías y ciertos acuerdos –contubernios se ha llegado a decir– además de una notable opacidad en la baremación de cada propuesta han prevalecido aparentemente sobre la lógica, lo que provoca el malestar en algunas hermandades que se sienten en verdad agraviadas cuando no directamente ninguneadas. Por todo ello, no es descartable que los acuerdos alcanzados durante el cabildo de salida se vuelquen en comunicados como el que hoy publica la hermandad de la Hiniesta para conocimiento de sus integrantes y de los cofrades en general. En este caso, además de anunciar las novedades del Domingo de Ramos, se recalca el desacuerdo de la corporación con la situación. Les adelanto que, con probabilidad, no será la única cofradía que obre así.

Confiemos en que las aguas vuelvan a su cauce y que la cordura se acabe imponiendo. Sería muy triste que una iniciativa cuyo afán –sin que nos quepa la menor duda– era beneficiar a las hermandades que sufren parones, retrasos y demás inconvenientes crónicos sirva para que ciertos egoísmos e inmovilismos nos lleven a enfrentarnos unos con otros y a radicalizar posturas que deberían construir puentes en lugar de dinamitarlos. A ver si unas sabrosas torrijas ayudan a ello.

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