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Viernes, 19 de Abril de 2019
Sevilla FC

La hora del entrenador

11/02/2019 · Juan Miguel Vega

En su última visita a Sevilla con el Valencia, Marcelino iniciaba su intervención en la rueda de prensa posterior al partido con una sentencia de esas que reclaman cincel y mármol: ‘el fútbol es algo muy difícil de explicar’. Como aquello de Boskov, ‘fútbol es fútbol’, lo de Marcelino parece simple, incluso vacuo, pero en realidad resulta de una profundidad filosófica abisal. No es ironía, conste. Lo digo en serio. El fútbol –el deporte en general, pero sobre todo el fútbol- ha adquirido en nuestra sociedad un papel fundamental para encauzar el animalesco ardor guerrero del humanoide que antaño lo llevaba a entablar guerras con el primero que se ponía por delante. Ahora, no. Ahora, en vez de declarar guerras, la Fifa organiza un sorteo para emparejar los países que competirán por estar en el próximo Mundial.

Así pues, el fútbol viene ser el poso donde se han acabado decantando miles de años de experiencias extremas. Sí, el fútbol es algo muy difícil de explicar. Ser hincha de un equipo también lo es. Porque serlo genera un nivel de estrés que no siempre halla satisfacción que lo compense o al menos lo apacigüe. ¿Por qué se es hincha entonces? El fútbol es algo muy difícil de explicar. Desde hace semanas, el hincha sevillista viene estando sometido a una tensión cuasi límite. Su equipo no para de darle disgustos, de provocarle berrinches, de elevar su indignación, de hundirlo en la miseria. A este respecto les confieso que escribir estos artículos me resulta una labor terapéutica, pues me obliga a razonar y eso me hace relativizar las cosas. Sí, escribo estas líneas y me pasa lo que a mi abuela cuando se tomaba un optalidón, que me calmo y, en ocasiones, hasta comprendo. Comprendo que el Sevilla está jugando fatal últimamente. Que lo del mal momento de muchos jugadores no parece haberse quedado en un momento, sino que se alarga y, lo que es peor, empeora; que el equipo ha perdido precisión, fuelle, intensidad, solvencia. Claro, uno piensa. ¿Es que acaso Escudero quiere jugar tan mal como lo está haciendo? ¿Es que Banega pierde adrede todos los balones que pierde? ¿Es que la impotencia que a veces manifiesta Sarabia es premeditada? Evidentemente, no. Todos queremos hacer las cosas bien, triunfar en la vida, ganar cada partido que juguemos. Y seguramente los futbolistas del Sevilla no son una excepción. Seguro que ellos también quieren ganar y, si pierden, seguro que no quieren hacerlo haciendo el ridículo como en Barcelona, en Vigo y casi la otra noche en el Pizjuán. ¿Qué demonios les pasa entonces para que lo estén haciendo? Bien, quizá tenga algo que ver el hecho de que llevan ya más de cuarenta partidos, que han jugado más que nadie y que no han podido repartirse bien los minutos porque también muchos se han lesionado, además en el momento más inoportuno. Aquí he sostenido ya que además del cansancio físico advierto en ellos cansancio mental. ¿Cómo se arregla eso entonces? Y aquí es donde llegamos al quid de la cuestión. Ha llegado la hora del entrenador. Él es quien debe subvertir esta dinámica negativa en la que, por lo que sea, ha entrado el equipo. Y en ese empeño, lo primero que tiene que hacer es sobreponerse a su propia crisis, porque en las últimas semanas sus decisiones han estado a la altura del equipo. 

Sin embargo, él no puede permitirse ese lujo. No puede estar saturado de partidos. No puede estar cansado. No puede estar en un mal momento. La vida es así. No siempre te da opciones. Supongo que él es más que nadie consciente de la oportunidad que el Sevilla pude significar para su carrera y debe aprovecharla. Es aquí y es ahora. Es el jueves en Roma y el domingo en Villarreal. Aunque el fútbol sea algo muy difícil de explicar, Machín debe desvelarnos ya si la apuesta que se hizo por él fue acertada o no. 

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