Antes que Diakhaby y Cala estuvieron... Jesse Owens, Leni Riefenstahl, Franklin Delano Roosevelt... y Adolf Hitler

Alejandro Delmás
10/04/2021

Los sucesos generados por el conflicto de declaraciones entre Mouctar Diakhaby, futbolista francés del Valencia, y Juan 'Cala', Juan Torres Ruiz, futbolista lebrijano del Cádiz... han terminado por generar el habitual guirigay analfabeto en un país lamentable. Un país (?), España, ya taponado por la suprema lacra de la ignorancia más cerril y donde, definitivamente, posicionarse en favor o en contra de si los burros vuelan o no... es algo que ya tiene el riesgo de ser tomado como un posicionamiento fascista, marxista, semita o antisemita. Cuando la equidistancia, la objetividad y la presunción de inocencia empiezan a ser sospechosos objetos de lapidamiento, no está mal remontarse a hitos históricos del deporte, también majestuosamente maleados, y de los que ahora se cumplen algunas efemérides.

Como a algunos les sonará la relación de presuntos incidentes raciales en los que las 'hazañas bélicas' envolvieron a Jesse Owens, el mejor atleta de todos los tiempos, libra por libra (incluso por delante de Usain Bolt, ahora se verificará)... más la directora de cine alemana Leni Riefenstahl -cuya película 'Olympia', la de los Juegos Olímpicos de Berlín/1936 sustentó grandemente el legendario mito de Owens-... más el Canciller ('Reichkanzler') del III Reich alemán, Adolf Hitler, y -también- el 32º Presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, no estará de más regresar sobre el relato histórico, épico y lírico de aquellos sucesos extraordinarios. Aunque estos sucesos se remontan a 1935 y 1936, se da la tremenda circunstancia de que el núcleo, el meollo central de toda esa historia, se agrupó en torno a los años del cénit vital de Owens, Riefenstahl, Hitler y  Roosevelt: todos juntos. Esa coincidencia aún hace -quizá- más extraordinaria la historia toda o toda la historia que envolvió a estos cuatro grandes protagonistas: junto con otras 'estrellas invitadas' en lo que fue un mapa de constelaciones estelares o una lluvia turbulenta de 'Nereidas'.

Antes de empezar el relato, que se apoya en testimonios directos de testigos también directos de los acontecimientos... convendrá apuntar a las fotografías que abren este texto; en una de ellas, en color, el aquí firmante se mide en una entrevista 'cara a cara' (justo al final de octubre de 2002)... nada menos que con la propia Leni Riefenstahl, presente en el Festival de Cine y Deporte de Sevilla, ya con cien años cumplidos. Menos de un año después, en septiembre de 2003, la berlinesa Riefenstahl falleció en su residencia bávara de Pöcking... cuando acababa de cumplir 101 años. En la (histórica) imagen en blanco y negro de nuestro 'collage' fotográfico aparece la propia Riefenstahl durante los Juegos Olímpicos de 1936, sobre el césped del Olympiastadion de Berlín... cambiando palabras con el mismísimo Owens, en presencia de los operadores de cámara favoritos de la directora, bailarina y fotógrafa berlinesa. Esos dos camarógrafos/fotógrafos, primerísimos ayudantes de Riefenstahl eran el germano-polaco Willy Otto Zielke (de Lodz/Littzmannstadt), medio tapado tras la cámara 'que manda', junto al pasillo de saltos, y el también berlines Hans Erli. Pero vamos allá. Y ahora se verá hasta que punto los burros -y las motos- vuelan o no... o incluso ya llevan volando casi 85 años.

ESTALLA JESSE OWENS: EL 'DÍA DE LOS DÍAS'.- El pasado 31 de marzo, hace nada y menos, ni siquiera dos semanas, se cumplieron 41 años del fallecimiento en Tucson, Arizona. de James Cleveland, ‘Jesse’ Owens. Este era el origen de Jesse Owens: fue el último de los diez hijos de Henry Cleveland Owens y Mary Emma Fitzgerald, descendientes directos de esclavos de Alabama que recogían cosechas en plantaciones en Alabama. Cuando el chico tenía nueve años, toda la familia se trasladó a Cleveland, Ohio. Los Owens formaron parte de la ‘Gran Migración’ que alejo a un millón y medio de afroamericanos de los segregados Estados del Sur, en busca de oportunidades de trabajo.

También, el próximo 12 de septiembre se celebrarán los 108 años del nacimiento de ‘Jesse’ (onomatopeya en inglés 'americanizado de 'J C', James Cleveland), tal como Owens fue apuntado en el libro escolar por su primera maestra en Cleveland. Y como aquí nos hemos quedado sólo unos poquitos con el legado del que todos consideran el mejor atleta de todos los tiempos, ‘El Antílope de Ébano’, se muestra, brilla y casi desconcierta del mismo modo que se mostró, brilló y casi desconcertó a William Legrand aquel fabuloso tesoro del Capitán Kidd que Poe hace descubrir a Legrand en ‘El Escarabajo de Oro’.

¿Qué nos asombra más en el recuerdo de James Cleveland Owens, fallecido en Tucson, Arizona, el 31-3-1980? ¿Los cuatro oros olímpicos en los Juegos del nacionalsocialismo alemán, de Adolf Hitler y Leni Riefenstahl, en 1936, en el Olympiastadion de Berlín? ¿O tal vez aquel ‘Día del Trueno’, el 25 de mayo de 1935, en la reunión de la ‘Big Ten’ en el Ferry Field de Ann Arbor, Michigan, cuando en el espacio de 45 minutos... Owens batió tres récords mundiales y empató un cuarto? Este iba a ser el llamado 'Día de los Días' para el atletismo del Siglo XX. 

Aquel 'Day of the Days' en el Ferry Field, Owens -que se había lastimado la espalda en una caída por las escaleras de su dormitorio en Toledo, Ohio State- igualó o superó inicialmente cuatro plusmarcas planetarias. Jesse produjo semejante barbaridad después de darse un baño caliente de media hora para calentar la fastidiada zona baja de la espalda, "que se relajó y dejó de doler como por un milagro", en palabras del propio Owens, que apenas había podido bajarse del automóvil que le transportó al Ferry Field. Larry Snyder, su entrenador en Ohio State, permitió competir a Jesse, 'bajo revisión exhaustiva después de cada prueba; prueba por prueba'. Y ahí explotó la secuencia eléctrica de 45 minutos casi de otro planeta. A las 15:15 horas, Owens detuvo el crono manual tras 100 yardas en 9,4 segundos: récord mundial igualado. Casi de inmediato, a las 15:25 hrs, salto de longitud: 8,13 metros, tremendo récord mundial. A las 15:34... 220 yardas lisas en 20,3 segundos. Y a las 16:00 horas, las 220 yardas con vallas bajas: 22,6 segundos. La conversión métrica de 100 yardas es igual a 91,44 metros. Esto equivale a una medida de 201,168 metros en cada carrera de 220 yardas... que en aquellos tiempos y hasta 1960, aún se hacían en línea recta. Después de esta alucinante sobremesa en Ann Arbor con los ' Buckeyes' de Ohio State, a Owens se le homologarían posteriormente nada menos que seis plusmarcas: esto ya fue cuando la Federación Internacional dobló a metros las plusmarcas conseguidas en las pruebas de 220 yardas. 

Convendrá detallar: 1) Con su salto de 8,13 metros (26 pies, 8 pulgadas 1/4), Owens batió el récord mundial de salto de longitud por... 15 centímetros, convirtiéndose en el primer hombre en planear más allá de los ocho metros (el japonés Chuhei Nambu, oro olímpico en L.A./1932 tenía el récord desde 1931 en... 7.98). Este récord de Jesse duró 25 años, hasta el 12-8-1960, cuando el superclase Ralph Boston, de Laurel, Mississippi, lo llevó hasta 8,21 en los 'Mt.Sac Relays', en Walnut, California. En apariencia -¿con zapatillas?-, Owens medía 180 centímetros desde la coronilla hasta la planta del pie; otros especialistas le señalan un máximo de 1,78 metros. A Boston, que aún vive, rumbo a los 82 años, se le adjudican 187 centímetros de altura. Esos 8,13 metros -alcanzados sin las depuradas técnicas de hoy- habrían valido a Owens el... sexto puesto en los Juegos Olímpicos de 2016, en Rio de Janeiro: esto, un poco más de 81 años después del relámpago de Ann Arbor. Ni siquiera los 8,90 metros de Bob Beamon en México '68 duraron tanto tiempo como récord mundial de longitud: 23 años hasta que Mike Powell la mejoró en el Mundial de Tokio de 1991 (8,95 metros). Precisamente, cumplirá tres décadas de vigencia en agosto.

Convendrá detallar.... 2) El 9,4 en 100 yardas fue el tiempo más lento que tomaron los seis jueces presentes en la escalinata del Ferry Field; Owens paró en 9,3 los cronómetros de cuatro de los seis jueces. Nadie más marcaría un 9,3 en 100 yardas hasta 1948: 13 años después. Pero el Reglamento obligaba a 'registrar' ('for the record') el tiempo más lento de todos: el 9,4. Convendrá detallar... 3) Uno de los récords que se 'dobló' con la transformación en metros fue el de 220 yardas lisas: a Owens se le habían tomado -reglamentariamente- 20,3 al cruzar por 200 metros exactos. 4) En 220 yardas con vallas bajas, nadie había bajado nunca de 23 segundos; y este fue el segundo récord 'doblado' en su paso a metros. Owens se impuso en esta última prueba con una ventaja sobre el segundo -según testigos presenciales- 'entre cinco y ocho metros'. Al fin, Jesse Owens tuvo que salir escoltado por la Policía de Ann Arbor de ese mismo Ferry Field en el que hoy día una lujosa placa con la efigie del campeonísimo saluda y recuerda aquel 'Day of the Days'.

Será preciso indicar que, en aquellos años 30 y en los EE UU de América, cuando Owens viajaba con los ‘Buckeyes’ de la Universidad de Ohio State (Conferencia Big Ten) no podía sentarse a comer en restaurantes vetados a las personas de raza negra. De allí tenían que sacarle la comida sus compañeros blancos. Si Jesse Owens quería sentarse a almorzar con colegas, tenía que ser en restaurantes ‘sólo para negros’, del mismo modo que sólo podía alojarse en hoteles… ‘para negros’ y se veía obligado a ocupar sitio… en la zona trasera de los autobuses. Como ni siquiera recibió una beca económica de Ohio State -algo rigurosamente prohibido-, Owens (como todos sus hermanos de sangre afroamericana) tenía que ganarse la vida y pagarse los estudios universitarios haciendo trabajos a tiempo parcial. En fin...

EL HALO DE OWENS, EL HALO DE HITLER... Y FDR.- ¿Nos puede asombrar que el mismísimo Adolf Hitler, canciller del III Reich (y ‘Hombre del Año', 1938 'Men of The Year 1938' para la revista ‘Time’), SÍ saludara a Jesse Owens en el Olympiastadion de Berlín… o  no podríamos creer que Franklin Delano Roosevelt, FDR, el Presidente número 32 de los EE UU de América, se negara a recibir a Owens a su regreso triunfal a América después de los Juegos de 1936, en Berlín: como así ocurrió? Lo examinamos.

Al fin y al cabo, FDR sólo obraba en consonancia con Avery Brundage, el derechista radical y filonazi que presidía el Comité Olímpico de EE UU (USOC), algunos años antes de presidir el Comité Olímpico Internacional (IOC). Brundage presidió el IOC hasta los terribles Juegos de 1972 y de 'Septiembre Negro', en Múnich. Tras Berlín, Brundage descalificó a Owens como atleta ‘amateur’ a la primera que pudo, al negarse Jesse a competir en reuniones universitarias de la AAU y escoger en su lugar ‘shows’ donde podía embolsarse un puñado de dólares. Tuvo que trabajar como bedel. “Cuando volví a mi país natal después de todas las historias sobre Hitler, seguía sin poder viajar en la parte delantera de los autobuses. Volví a las puertas traseras. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a darle la mano a mi Presidente”. Eso escribe Owens en su autobiografía de 1970: ‘The Jesse Owens Story’.

Claramente, Roosevelt, en plena campaña electoral para su primera reelección (FDR gobernaría EE UU por 12 años, de 1933 a 1945, cuando murió tras manejar el rumbo USA por casi toda la II Guerra Mundial), esquivaba con ese desaire el eventual desastre de votos que podría haberle acarreado en los estados segregacionistas del Sur una foto con Owens: un ‘Antílope’, un cuádruple campeón olímpico, pero, en fin… Antílope... 'de Ébano’. ¿Tal vez... Franklin Delano Roosevelt habría recibido antes que Owens a Noboru Kanai, el piloto bombardero de élite del portaaviones japonés 'Soryu', el 'Dragón Azul Marino'; fue una bomba lanzada por el 'Nakajima B5N Kate' de Kanai el artefacto que, en impacto directo, reventó y hundió en la 'Battleship Row' de Pearl Harbor, Oahu, al acorazado USS Arizona, el orgullo de la US Navy de F. D. Roosevelt?

Tuvieron que pasar cuatro décadas antes de que, en 1976 y 79, los presidentes Gerald Ford y Jimmy Carter recibieran a Owens en la Casa Blanca. En 1976, el republicano Ford hizo entrega a Jesse de la Medalla de la Libertad ante los miembros del equipo olímpico estadounidense que se dirigía a los Juegos de Montreal. Y en 1979, Carter concedió a Owens el premio ‘Living Legend’, a la Leyenda Viviente. Atletas tan dispares y de tanto calibre como Michael Johnson y Carl Lewis siempre soñaron con parecerse a Jesse Owens. "Mi abuela siempre me dijo que Owens fue el mejor atleta del mundo de todos los tiempos; mi abuela siempre tenía razón... y las imágenes que yo he visto me lo han confirmado. En efecto, mi abuela siempre tenía razón", relató Johnson más de una vez al aquí firmante. 

"Tal vez ningún atleta simbolizó mejor que Owens la lucha del hombre contra la tiranía, la pobreza y la intolerancia racial”: tales fueron las palabras de Jimmy Carter, 39º Presidente de los EE UU, cuando Owens (fumador empedernido) murió de cáncer de pulmón en Tucson menos de un año después de su segunda y última visita a la Casa Blanca. Un sarcasmo que Carter, tan presidente 'Demócrata' de EE UU como lo fue FDR, saludara así la memoria de Owens: que siempre recordó con añoranza sus días gloriosos de Berlín (donde la gente le pedía autógrafos por las calles) y que durante toda su vida desmintió que Hitler le negara el saludo o escogiera desaparecer del palco presidencial del Olympiastadion para no tener que verse con él.

"Cuando pasé (bajo el palco, tras descender del podio de la final de 100 metros en Berlín, con corona de laureles), el Canciller Hitler se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví esa señal de saludo. Creo que los reporteros tuvieron o sintieron en ese momento el mal gusto de criticar al hombre del momento en Alemania": las comillas vuelven a pertenecer al mismo Owens, en esa misma autobiografía de 1970. Con levísimas variaciones, el relato de Owens se ajusta a lo que contaron sensacionales reporteros presentes en los Juegos de Berlín: Paul Gallico (‘The Washington Post’), Alan Gould (‘Associated Press’), Louis Effrat (‘The New York Times’) o el absolutamente antinazi William L. Shirer, de la CBS y autor del célebre libro ‘Ascensión y Caída del III Reich’.

LOS PERIODISTAS DE BERLÍN/1936.- Shirer fue el único periodista occidental presente en Viena, en 1938, cuando las tropas de Hitler se anexionaron la capital de Austria, en el abrazo mortal del ‘Anschluss’. Según recoge Jeremy Schaap en su libro ‘Triumph, la historia no contada de Jesse Owens y los Juegos de Hitler’ (HMH Books, 2008), Shirer escribió: “El saludo de Hitler después de la carrera complació a Owens. Dijo: “Me ha tocado dentro. Es un buen deportista. Me gusta su sonrisa”. Paul Snyder, entrenador de Owens, contó esto: “Jesse jura que vio a Hitler agitar la mano hacia él… puede que sí, puede que no…”

Gallico llegó a titular en el ‘Post’: “Hitler descalifica la Ley de Jim Crow (algo así como ‘Ley de la Discriminación Racial’) hasta el punto de saludar a Jesse Owens”. Pero una multitud de periódicos en EE UU, mayormente los que no disponían de enviados especiales en Berlín y otros dirigidos a público afroamericano comenzaron a descargar artillería pesada en forma de titulares, todos con la misma idea: “Hitler desaira (‘snub’) a Owens”. Ahí comenzó una leyenda que se ha extendido -y se extiende, naturalmente- durante largas y largas décadas. Como el mismo Owens y una lista de reporteros de élite presentes en Berlín confirman lo que en realidad sucedió en el fastuoso Olympiastadion ('La tienda de batalla de algún gran emperador', según Thomas Wolfe ), sólo queda establecer unas precisiones que ayuden a comprender la situación…

Primero, las únicas palabras conocidas de Hitler (corroboradas por propios y extraños) en relación a los atletas olímpicos negros de EE UU: “Los americanos deberían estar avergonzados, dejando que sus ayudantes negros ganen las medallas que ellos mismos deberían ganar”. Segundo: hay más hechos: la final de 100 metros estalló en Berlín cuando Hitler ya había sufrido una reprimenda de parte del belga Henri de Baillet-Latour, presidente del Comité Olímpico Internacional en aquellos días. 

En el primer día de competiciones de atletismo, Hitler había recibido en el palco, y en presencia de sus ministros Hermann Goering y Joseph Goebbels (más la controvertida Riefenstahl, a la que un frustrado Goebbels había 'tirado los tejos') a los campeones alemanes Hans Woellke y Tilly Fleischer. "Esto, con fervor impresionante del Führer”, reseña el estupendo Grantland Rice. También, el 'Reichkanzler' había recibido a varios fondistas finlandeses… poco antes de escabullirse, so pretexto de evitar el tráfico de salida del Olympiastadion, como unos diez minutos antes de que le fueran presentados… otros dos negros afroamericanos estadounidenses que habían dominado el salto de altura: Cornelius Johnson y Dave Albritton, buenos amigos de Owens. A pesar de que tanto los citados Snyder y Gallico como Al Laney (‘Herald Tribune’) insistieron en que Hitler no había despreciado para nada a Johnson y Albritton, el conflicto estaba desatado. Aquí podría hallarse la génesis del presunto, inexistente conflicto Hitler-Owens... que ya es casi un 'Libro del Génesis'.

Palabra a palabra: “Johnson y Albritton se tomaron demasiado tiempo para salir de la ceremonia y el 'jefe' ('boss', Hitler) se fue a casa a cenar (…) sencillamente, Adolf se sintió hambriento; en la manera alemana más clásica”, subrayó Paul Gallico. Según Al Laney, “no había justificación para buscar un incidente… partiendo de que Hitler había estado en el estadio casi cuatro horas, el programa había terminado y los americanos no avanzaron después de la ceremonia de las medallas hasta después de las siete en punto de la tarde”. Portavoces de la Cancillería del Reich quitaron todo el hierro posible. En cualquier caso, Baillet-Latour no estaba feliz por los hechos. Aparte de todo, el belga que en 1936 ejercía como Señor de los Anillos olímpicos creía, todo con todo, que Hitler había acaparado demasiado protagonismo… al margen de que no podía recibir a uno u otro campeón según su propia conveniencia y agenda: en efecto, y en general, o el Canciller del Reich recibía a todos los campeones, o a ninguno. Hitler, al que los Juegos le importaban menos que los preparativos bélicos para invadir Austria o Polonia, no aceptó de buen grado la regañina de Baillet-Latour: y, en efecto, el Canciller ya no recibió más a ningún campeón en ese palco del Olympiastadion… que aún existe estos mismos días: tal cual. Con sus placas, su Piscina Olímpica justo al lado, con las esculturas de Arno Breker y con una fabulosa pista sintética azul que le ha acarreado el sobrenombre (al Olympiastadion) de... 'El Monumento Azul': 'Das Blaue Denkmal'.

LAS MARAVILLAS DE JESSE.- Owens había llegado a Alemania (Hamburgo) a bordo del navío ‘SS Manhattan’, en una turbulenta expedición donde Brundage generó varios famosos incidentes con unos... y otras. Entre las exclamaciones de asombro de más de 100.000 espectadores, Jesse hizo maravillas sobre la pista del Olympiastadion. Sucedía entre llovizna fina y helada, del Báltico, polvo húmedo. vientos cambiantes y ceniza mojada en la pista. En las series iniciales de 100 metros lisos, Jesse impuso un nuevo récord mundial: 10,2 manuales no homologados por exceso de viento. “¿Qué hay de cenar, Paul, creo que esto no nos da el oro” dijo ese día Owens a Snyder. Pero 'eso' sí alucinó y frustró a Riefenstahl que no había desplegado sus relucientes equipos para esas series de 100… y pasó a llenar de cámaras todos los eventos en que participaba ‘El Antílope de Ébano’. No se había visto nunca nada igual, nada como la velocidad de pies mantenida por la suprema coordinación de James Cleveland Owens. Él mismo lo explicaba así: "Permitía a mis pies estar sobre el terreno el menos tiempo posible. Iba desde el aire hacia abajo: rápido. Y desde el suelo, hacia arriba: todo, igual de rápido, todo lo rápido que el cuerpo me permitía". Adi Dassler, el emergente patrón de 'Adidas', le regaló las primeras zapatillas de clavos de atletismo que produjo la marca de las tres bandas, en el primer acto de patrocinio que jamás había tenido un atleta afroamericano.

“Ninguna multitud europea había visto jamás una combinación semejante de velocidad ardiente y suavidad sin esfuerzo (Owens)… era algo como llevado por el viento de una tormenta. Podías oír el coro de exclamaciones de asombro cuando él dejaba a todos sus rivales tan lejos, tan atrás”, narraba, magistral, Grantland Rice. Todo empezaba a ser retransmitido en Berlín por un naciente, catódico artilugio del demonio: la televisión. "A aquella multitud de 110.000 personas la estremecía algo como el viento a través en un campo de hierba... y lo que daba a todo una apariencia ominosa es que era evidente que aquello iba más allá de los Juegos", analizó Wolfe en su libro 'You Can't Go Home Again', "No Puedes Volver a Casa De Nuevo", publicado en 1940.

En aquel Berlín, la 'tienda de batalla imperial' que Thomas Wolfe describía, Owens selló una amistad imborrable con Carl Ludwig 'Luz' Hermann Long, el ario saltador germano y su gran rival en la finalísima de longitud. Long tranquilizó a Jesse en la ronda de calificación para impusarlo en busca de un salto que lo llevara a la final después de sendos nulos iniciales. Owens hizo caso a Long (que murió en la II Guerra Mundial, en Sicilia, el 14-7-1943), y en la final se colgó el oro con récord olímpico: 8.06. En el fragor de los Juegos, en plena ebullición, a los operadores de Riefenstahl... se les escapó aquel salto de oro. Pero Leni se lo hizo repetir a Owens, a estadio vacío... y expresamente para sus cámaras. Palabras de Leni Riefenstahl al aquí firmante, en la entrevista de 2002 "Nunca habrá nadie como Jesse Owens. Él fue un personaje excepcional por la energía que transmitía... que fue lo que llevó a hacer lo que hizo. Era un ser diferente a todos los demás. Sólo se acerca a él otro atleta: Glenn Morris, el americano que ganó la medalla de oro en el decatlón de los Juegos Olímpicos de Berlín". Los rumores de la época apuntaron a que Leni Riefenstahl mantuvo una relación fugaz con el apuesto Morris. No iban desencaminados.

Más de Leni: ..."Los Juegos de Berlín fueron los mejores de todos los tiempos, de todos los que yo he visto. No sólo se trataba de Owens. Hubo otros atletas irrepetibles, como el mismo Morris o Ralph Metcalfe, el segundo 'sprinter' americano tras Jesse. O como nuestro saltador Luz Long. Sobre todo, había esa emoción y pasión circulando por las gradas: como la electricidad entre los atletas y el público. Esos tiempos son irrepetibles. Nunca puede haber otra película como 'Olympia', por eso mismo que le digo... y por otras cosas". 

En aquel mismo Berlín de los Juegos de Verano de 1936 (a los que España no acudió por su Guerra Incivil), un Berlin hirviente en fanatismo y ya 'nacionalsocialistamente' antisemita, Owens protestó la controversia -que sí existió- para retirar del relevo 4x100 de EE UU a los velocistas judíos Marty Glickman y Sam Stoller. Con la complicidad y tolerancia pronazi del implacable Brundage, Foy Draper y Frank Wykoff sustituyeron a Stoller y Glickman (más tarde, locutor y 'voz' de los New York Knicks de la NBA): y los Estados Unidos de América completaron un fabuloso cuarteto con Draper, Wykoff, Ralph Metcalfe y el propio Owens. Arrasaron rumbo al oro con un fastuoso crono de 39,8 que se mantendría como récord mundial durante 20 años cabales: hasta los australianos Juegos de Melbourne, en 1956. Esa final del relevo corto del 9 de agosto de 1936 fue, con su cuarta medalla de oro en Berlín, la última carrera de Jesse Owens en competición oficial: no tenía ni 23 años cumplidos. Por cierto: aquellos atletas americanos de 1936, Owens incluido, se abrigaban en Berlín con las mantas que habían sido destinadas inicialmente para la delegación olímpica española... que jamás acudió a aquellos Juegos de Verano.

 ...Declaraciones al aquí firmante, en aquel 2002, de Javier de la Puerta, gran aficionado madridista y exfutbolista, director de la Fundación Andalucía Olímpica en ese 2002 y director gerente del Festival sevillano que trajo a Riefenstahl a la ciudad: "Yo creo que Leni Riefenstahl es comparable a Orson Welles, punto. Insisto: no es nazi. Para nada. Juzgarla por lo que la encargaron o pudieron encargar es una barbaridad. ¿Por qué no se juzga igual a Eisenstein, que tenía que trabajar con Stalin...? Pero un sector tiene una memoria rencorosa, alentada además, en lo colectivo, por el gran morbo que supone la presunta relación de un personaje tan femenino como ella con poderes de unos hombres como Hitler o Goeebels". 

BANCARROTA... Y HERENCIA.- Al fin y después de todo... Owens -que había ingresado en el Partido Republicano después de los desplantes de Roosevelt- cayó en la bancarrota. Había hecho todo tipo de 'bolos', como correr contra caballos trotones -en los descansos de una Liga Profesional de béisbol, una 'Negro League', que él mismo habia ayudado a organizar. Incluso jugó en esa Liga, que apenas duró un par de años. En 1966, Owens fue juzgado por evasión de impuestos. Tras haber tocado fondo, encontró una primera ayuda en el Gabinete Demócrata del Presidente Lyndon B. Johnson, que le designó 'Embajador de Buena Voluntad'. Una vez retirado, Owens se convirtió en propietario de caballos de carreras. 

Todavía en 1967, Jesse Owens fue -al igual que campeones tan grandes como Bob Hayes o Rafer Johnson- una de las icónicas estrellas afroamericanas que, en las reuniones previas del 'Black Power' desaconsejaron el boicot total de ese mismo 'Black Power' ('Poder Negro') a los Juegos Olímpicos mexicanos. En un ambiente pasionalmente revuelto, este fue el razonamiento esencial de Owens: "Lo primero es representar a tu país en los Juegos Olímpicos... y después, que cada uno tome sus propias decisiones. Nada le debemos a los blancos: nos lo debemos a nosotros mismos". En 1970, Jesse agregaría: "El puño cerrado es un símbolo sin significado. Cuando abres los puños tienes a la vista tus dedos, que son frágiles. La única ocasión en que el puño cerrado tiene significado es cuando tienes dinero agarrado. Allí reside el verdadero poder". Pero en 1972, cuando presentó su libro autobiográfico, Owens rectificó sumariamente. Ahí especificó: "Me he dado cuenta de que luchar, en el mejor sentido de la palabra, era la única respuesta que el afroamericano tenía que tener, que cualquier negro americano que no estaba comprometido en la lucha en 1970 estaba ciego o era un cobarde".

Siempre fumando un paquete de tabaco al día, a lo largo de sus últimos 35 años de vida (que discurrió finalmente entre 1913-1980), Jesse Owens fue a vivir a Tucson, Arizona... hasta que el cáncer de pulmón, detectado en 1979, pasó a la fase final y acabó con su vida en este valle de lágrimas. Esta ultimísima final sí la perdió El 'Antílope de Ébano'. El hombre de los pies más ligeros en la historia del atletismo... había fumado bastante más de la cuenta. Los pulmones del superhombre de Ann Arbor y de Berlín dijeron 'basta'. 

Sus restos fueron enterrados en el cementerio de Oak Woods, Chicago. El dormitorio en el que Owens se alojó durante los Juegos Olímpicos de Berlín fue convertido en un museo con fotografías de sus hazañas olímpicas. Y allí se encuentra una carta (interceptada por la Gestapo en su momento) de un admirador aleman antinazi... que recomendaba a Jesse no darle la mano a Adolf Hitler, por ningún motivo. Así que, al fin de todo... Owens no estrechó manos con el 'Reichkanzler': fuera por la razón que fuese.

73 años después de aquellos trepidantes sucesos de los Juegos Olímpicos de Berlín, Marlene Dortch-Owens, hija de Marlene Owens, nieta de Jesse, compareció en aquel Olympiastadion donde su abuelo surgía como ‘algo llevado por el viento de una tormenta’. “Owens aparecía como la oscura estela de un relámpago”, había escrito el emocionado Grant Rice -quizá como el mejor de los epitafios- tras la final olímpica de 200, que Owens había dominado con unos espeluznantes 20,7... en una pista húmeda, sobre ceniza que era puro barrillo mojado y a 18 grados escasos. “Todo junto, unas condiciones miserables que dejan a los atletas de 51 naciones con ojos atónitos por la sorpresa”, reflexionaba Rice. Aquel agosto de 2009 en el que Marlene Dortch-Owens se sentó en el palco del Olympiastadion, otro Relámpago, Usain Bolt, siguió los pasos fugaces de su abuelo para imponer nuevos récords mundiales en 100 y 200 metros lisos. En los uniformes del equipo de EE UU podían leerse las iniciales ‘JO’, recuerdo de Jesse Owens. A Bolt aún le faltó una tercera plusmarca mundial, en 4x100, para igualar a Owens en el mismo Olympiastadion de Berlín... más una cuarta medalla de oro: la longitud.

En Berlín, Marlene se hermanó con Kai Long, el hijo de Carl Ludwig, 'Luz', aquel gran saltador y oficial de la Wehrmacht que había tranquilizado al gran Jesse Owens: quien tras la II Guerra Mundial regresó una vez a la República Federal de Alemania: sólo para conocer a la familia de Long. Esto dijo Marlene Dortch-Owens a en aquel Berlín de 2009 “Será emocionante que la relación personal entre las familias continúe directamente conmigo. Mi abuelo resplandecía. Era un ser excepcional”. Tan excepcional… que hasta el 'Reichkanzler' Adolf Hitler, Canciller del Reich, agitó la mano para saludar -desde lejos- a James Cleveland Owens, aquel nieto de esclavos de Alabama. Esta y así fue la historia. Ahora, ya pueden volar los burros. Pero siempre volarán menos de lo que lo hacía Jesse Owens, 'El Antílope de Ébano'.

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