Mercenarios

Antonio Félix
03/03/2021

En este momento chachi del Betis, que lleva camino de convertirse en superchachi, se ha elogiado, mucho y merecidamente, el mérito del entrenador. También ha sacado la patita el presidente para reclamarse una indiscutible cuota del éxito. Pero poco se está hablando de la importancia de los jugadores, muchachos que, por lo general, venían soportando un aluvión de críticas, miembros de un grupo desapasionado y tendente a la catástrofe que, sin embargo, se han venido arriba, exhibiendo un compromiso con el club realmente sorprendente, bastante fuera de lo normal.

Cabría pensar que los futbolistas han respondido a una entidad donde se encuentran bien cuidados, donde se les trata con señorío, con elegancia, donde se les valora y se les protege. Pero, ¿realmente sucede así? Veamos.

Francis fue un potro desbocado en el Betis. No se trataba de un jugador precisamente fino, y de hecho su juego desentonaba en aquel sinfónico equipo que engarzó Quique Setién y que, hasta la fecha, ha sido el único que logró meterse en Europa bajo la égida de Haro y Catalán. Tal éxito se logró con Francis, tan indiscutible para Quique como discutido para la hinchada, que no pocas veces cargó con inusitada dureza contra el chico. Francis jamás se desmoronó, nunca dio un paso atrás, exhibiendo una dureza mental impropia de su edad. Paradójicamente, lo que fallaría en aquel portento sería el físico. En el segundo año de Quique, comenzaron las lesiones. Tras la salida de su valedor, llegó la suya. Fue cedido al Almería, pero los daños persistieron. De tal manera que, cuando terminó la cesión, al Betis no se le ocurrió otra cosa que ofrecerle lo siguiente: rompemos tu contrato y te declaras incapacitado. (Digresión: piensen, por un momento, en Canales tras romperse por tercera vez la rodilla con 24 años, la edad actual de Francis). Eso sucedió en 2020. En 2019, el Betis le había renovado hasta 2023. El caso está en los tribunales.

Vayamos ahora con Kaptoum. Participó menos que Francis, pero también tuvo sus momentos de gloria con Quique. Procedía de la escuela del Barcelona y jugaba así, cortito, preciso y al pie. Muchos establecen ahora comparaciones con Rodri. La fortuna de Kaptoum también desapareció con la de Setién. Cesión, escasos minutos, y regreso a un club en el que ya no contaba. En enero de 2000, el Betis le renovó hasta 2022; en junio lo despidió. Como aquí no había posibilidad de pedirle que dejara el fútbol, directamente le propusieron no pagarle. Resultado, también a los juzgados.

¿Se podría pensar, pues, que el Betis cuida a sus futbolistas mientras le sirven? Que cada cual piense lo que quiera. Lo que resulta evidente es que son casos de compañeros que los jugadores ven y comentan, y que, desde cierto punto de vista, ensalzan el compromiso que están mostrando con un club que, por qué no, podría hacerle lo mismo a ellos. En estos momentos, de hecho, les ha vuelto a pedir que se bajen el sueldo, atendiendo a la falta de ingresos por la pandemia. Pero convendría preguntarse si esa ausencia de ingresos no debía haber sido prevista, y si la gestión del club ha sido acorde a las circunstancias para no tener que meterle de nuevo la mano al bolsillo de los jugadores.

La respuesta admite discrepancias. Veamos. Hace unos meses el Betis decidió despedir a su entrenador de baloncesto, Curro Segura. Por supuesto, no le pagaron: a los tribunales. La razón principal que arguyeron es que no había dinero. Sin embargo, poco después, firmaron a otro entrenador de pedigrí, Joan Plaza, al que agasajaron con los dos fichajes que tan obstinadamente negaron al técnico anterior. ¿Cúando, para qué y para quiénes hay entonces dinero?

En estas circunstancias, bajo este modelo de gestión, resulta repugnante que intenten convencer a los futbolistas para bajarse el sueldo y, así, no tener que despedir a otros empleados “más vulnerables”. Es una demagogia burda, barata y tramposa que, sin embargo, da resultado. En la primera rebaja salarial, apenas si algún jugador como Guardado alzó la voz para decir aquí qué pasa. Fue consecuentemente apaleado en las redes sociales. Ellos, al fin, son unos privilegiados a los que el club cuida con esmero. Al menos, como en los casos de Francis y Kaptoum, que cuida mientras le conviene.

Antiguamente, se entendía que los contratos se firmaban libremente, y que si alguna parte pretendía romperlos, debía pagar y punto. El Betis de los nuevos mesías observa otra cosa. Por una razón u otra, el salario de los futbolistas es discutible. Si no rinden, por incumplidores. Si lo hacen, como corresponsables de la gestión. Lo curioso es que, lejos de incomodar a la plantilla, esta situación para haberles puesto las pilas. Hasta futbolistas que estaban para el desguace, como Borja o Juanmi, resultan ahora desequilibrantes en un equipo que marcha como un avión. Es un gran mérito de todos en el Betis, pero particularmente de esos jugadores a los que, de manera tan habitual, nos referimos como mercenarios.

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