Picasso en cartón

Antonio Félix
22/09/2021

El tiempo se va yendo, y esa jodida constancia provoca un enorme cabreo ante la sensación de perder el que queda. Ver fútbol es una de las maneras más tontas de hacerlo. Cada vez se hace más difícil aguantar un partido. Da igual el equipo: el Madrid, el Barça o el Sevilla, el United o el City, la Juve, el Inter, el Paris Saint Germain… Todos incitan a un aburrimiento soberano. Mecánico, hipotecado de atletismo, el juego me provoca un sopor abrumante, un hastío insoportable. Y, sin embargo, nos mantenemos masoquistamente en búsqueda. Como impenitentes mendigos del buen fútbol, seguimos rastreando jugadores que nos entusiasmen, equipos que te mantengan pegado al televisor descubriendo algo irreverente, distinto, una pizca de arte. No quedan muchos. Uno de ellos es el Betis.

No creo que haya ningún equipo en la Liga que juegue mejor que el Betis. Ninguno. Acabó el pasado campeonato en modo apisonadora y ha comenzado el presente sin levantar el pie. Manuel Pellegrini es el arquitecto de esta auténtica obra de autor. Recogió a un equipo desangelado y lo ha convertido en una máquina de jugar. El Betis ha disputado seis partidos esta temporada y ha merecido ganar los seis, incluido al Madrid, y varios de ellos por goleada. En largos tramos de sus peleas, el rival se veía tan abrumado que parecía que en cualquier momento se tiraría a la lona para acabar anticipadamente con el suplicio. Esa superioridad, además, se manifestó a través de un juego bellísimo, pleno de sutileza en el trato del balón, inteligencia táctica y brío físico. En cada uno de sus partidos, el Betis ha ofrecido episodios apasionantes, auténticas obras de arte que cualquier buen aficionado tiene que reconocer, y agradecerle.

Pero tan cierto es que el Betis ha merecido ganar todos sus partidos como que, en realidad, ha ganado sólo dos, y de milagro. Merece detenerse en el concepto de realidad, tan dolorosamente ajeno a un club que prefiere desempeñarse de manera más natural en el mundo de Yupi. Que el Betis haya desarrollado el juego que hemos descrito, que exhiba a futbolistas tan geniales como Fekir o Canales, tan soberbios como Guido o Bravo, y que no sea capaz de vencer resulta una contradicción difícil de explicar, inasumible desde luego para sus dirigentes. Y, sin embargo, he ahí la explicación. Desde hace tiempo, el Betis se maneja a impulsos de novato en un mundo donde prima la profesionalidad. Se consiguen grandes fichajes, se emprenden grandes proyectos, pero se sigue descuidando el detalle. En el debate entre el artificio y la sobriedad, siempre gana el primero. El resultado suele ser un entusiasmo grotesco. El Betis es un Picasso encuadrado con un marco de cartón.

Lejos de los cielos deseables, esta temporada va ya anticipando lo que la construcción del equipo presagiaba: un camino que se va a hacer largo y muy difícil de transitar. Hay que matizar que tal presagio correspondía a los analistas que mantienen la dichosa manía de permanecer apegados a la realidad. Era de presumir que haber mantenido esencialmente el equipo no sería suficiente para afrontar una campaña con la complejidad añadida de Europa. Pero desde Yupilandia, donde hacen sentir marcianos a los racionalistas, consideraban otra cosa. Incluso Pellegrini bendijo la planificación y azuzó un optimismo que se topa ahora con los primeros inconvenientes severos, especialmente cuando hay que sacar a Fekir o Canales o cuando se retrata a la defensa. Probablemente se dirá que nadie puede prever lesiones y sanciones, pero lo cierto es que en este negocio se paga, y muy bien, a ciertas personas para que precisamente prevean y arreglen eso. Aquí nadie lo ha hecho, y ahora pasa que un constipado de Víctor Ruiz arruina la mejor sinfonía de Fekir. Por desgracia, el Betis sigue sin aprender la lección: ninguna obra maestra resiste el descuido del detalle, porque es precisamente el detalle el que convierte la obra en maestra.

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