Cambio de ciclo

Antonio Félix
20/10/2021

Allá en el estío preludiábamos una temporada más del Betis, decente y vulgar, sin grandes expectativas ni mayores posibilidades. Aún es pronto para desdecirnos del todo, pero ya podemos hacerlo de lo último. Así, de buenas a primeras, por la gracia de Pellegrini y Fekir, al Betis se le ha abierto la oportunidad de dar el golpe del siglo y cambiar el orden de los equipos de la ciudad, que es poco menos que decir cambiar el orden de los equipos del mundo.

Durante décadas, Betis y Sevilla, dos clubes de potencial igual, han ido alejándose hasta discurrir por universos paralelos. Sencillamente, no jugaban la misma liga. El Sevilla alzaba títulos y el Betis se esforzaba en su autodestrucción. Pero llegó Pellegrini y mandó parar. Lo hizo sin necesidad de alharacas, florituras ni vociferios. Lo hizo a contraestilo cultural de este fútbol y de este país. Y tal vez por eso, por tratarse de una revolución tan silenciosa, no nos dimos cuenta del increíble vuelco que estaba sucediendo.

En este justo momento, el Betis juega mucho mejor al fútbol que el Sevilla, el Betis cuenta con jugadores que no desmerecen en nada a los del Sevilla, el Betis tiene a un entrenador más estiloso e inteligente que el del Sevilla y el Betis, al fin, posee a unos dirigentes menos torpes como los que hay, y están por haber, en el Sevilla. He aquí el factor diferencial para sospechar un cambio de ciclo.

Hasta ahora, en ciertas etapas, se habían dado las primeras circunstancias (piensen en el primer Setién). Pero algo podrido siempre asomaba desde el fondo del armario para cargarse el invento. No pocas veces se ha dicho, y se ha dicho con razón, que el Betis era su peor enemigo. Un auténtico fenómeno en hacerse daño. La clave interna para sanar esto ha sido, por supuesto, Manuel Pellegrini. No hay problema que se le resista al chileno, y eso que los tiene, varios y serios. En pretemporada, con una competición europea más, apenas si le reforzaron el equipo, la defensa hace aguas, Canales está a disgusto, Joaquín clamaba por no jugar… Cualquier otro habría sido absorbido por ese torbellino, pero Pellegrini navega en él como en una piscina de olas. Si hay una plantilla corta, rehabilito a Carvalho. Si no tengo centrales, me invento a Edgar. Dosifico a Canales y, como el equipo vence tras cambiarle, a callar. Me gano a Joaquín y él, en un ratito final, me gana partidos…

Pero más importante que lo que pasaba dentro, era lo que sucedía ajeno al Betis. Es decir, el Sevilla. Lo que hasta hoy no se había dado para el gran salto verdiblanco era la degradación del rival. Porque todo lo que hacía el Betis, todo lo que lograba, palidecía ante los éxitos del Sevilla. La misma clasificación Uefa de este año ni siquiera tuvo la relevancia debida porque ¿dónde está el vecino? Hacía falta algo más que jugar mejor, que tener mejores futbolistas y mejor entrenador. Hacía falta que el Sevilla se hiciera daño, que se destruyera como sólo el Betis sabe hacerlo. Y ese momento ha llegado. Si estos largos años nos hubieran dicho que se baten un presidente acusado de estafar con la compraventa de acciones a los propios socios contra un expresidiario aliado con golpistas, pocos habríamos pensado en el Sevilla. Pero he ahí la putrefacción soñada por el bético, el signo definitivo de que los tiempos han cambiado. O, al menos, de que pueden cambiar... tal vez con un definitivo empujoncito el 7-N.

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