Partidazo con churros

Lucas Haurie
21/10/2021

Los espectadores neutrales, el clásico señor de Burgos que estuviese delante de la tele, han disfrutado de lo lindo con este Betis-Bayer Leverkusen, un duelo de banquillos plenos de ambición entre el novel Gerardo Seoane y el veterano Manuel Pellegrini. Los dos contendientes se lanzaron sin miramientos a por el triunfo y practicaron un fútbol atractivo, atrevido, abierto: la triple A en los estándares de la calificación balompédica. Es justo reseñar que los alemanes fueron mejores, incluso bastante mejores, pero los locales no se limitaron a ponerle el pecho a las balas, sino que apretaron en cuanto se lo permitió el rival hasta adelantarse en el marcador cerca del final y rozar, por tanto, la victoria.

Lo peor de la sesión vespertina en Heliópolis fueron los goles, a despecho del tópico que lo define como “la salsa del fútbol”. Una salsa aceitosa, en todo caso, como de churrería en barraca de feria. Borja Iglesias transformó el penalti, accidental y claro, que regaló Frimpong al pifiar un despeje sencillo de un balón que no iba a ningún sitio. Poco después, William Carvalho rechazó flojo y al centro, justo como NO mandan los cánones, un centro lateral y desvió acto seguido el disparo de Andrich, tan poco peligroso que se iba fuera. Paradojas de la vida.

Fútbol para los obreros. Mucho antes de Red Bull, esa multinacional posmoderna que se esconde tras las siglas en Leipzig y Salzburgo, el Bayer Leverkusen ya había lucido en las mejores pasarelas del balompié continental su orgullo de club industrial. El fútbol profesional nació en el norte de Inglaterra gracias al compromiso de las fábricas con las urbes obreras y la renana ciudad de Leverkusen, apenas un poblachón opacado por las vecinas Dusseldorf y Colonia, está en el mapa gracias a la compañía farmacéutica de la Aspirina y de la Levitra, propietaria de la entidad a la que da nombre (no confundir con Bayern, con ene final, que no es sino el topónimo germano de Baviera, capital Múnich).

El Bayer Leverkusen ganó la Copa UEFA en los ochenta y jugó una final de Champions, perdida frente al Real Madrid, a principios de este siglo. Es, por tanto, el club de empresa con mejor pedigrí continental a la salud los mencionados RB, esa basura de diseño, y se enmarca en la digna tradición de nuestros Calvo Sotelo (Puertollano), Díter (Zafra) o Endesa (Andorra: el pueblo turolense, no el principado pirenaico), clubes que sellaban la imbricación de una fábrica con la población a la que llevaba el sustento. Luego, llegaron las diputaciones con su paletada de millones a repartir con constructores inmorales y la cosa empezó a fastidiarse.

El 27º es Lainez. Diego Lainez, el hombre de la tilde perdida y el homónimo del sucesor de San Ignacio de Loyola al frente de la Compañía de Jesús, reapareció tras lesionarse en la final de consolación de los Juegos de Tokio –bronce para México a costa de Japón–. Es el vigésimo séptimo futbolista que emplea en lo que va de temporada Manuel Pellegrini, ejemplar en la administración de los recursos humanos. El mérito no es alinearlos un rato, no, lo bonito del asunto es que casi todos se sienten potencialmente titulares; pongamos que veinticinco de ellos, con las excepciones de Montoya y Akoukou. La rotación de la portería, con la exhibición que dio Claudio Bravo a los treinta segundos de partido y medio minuto antes del pitido final, ejemplifica el acierto del entrenador. Otro más.

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