El jefe

Antonio Félix
24/11/2021

Ahí estaba el tío, a sus 34 años, saltando y bailando como un crío, exultante frente a la exultante hinchada del Sevilla, abrazando a compañeros que, indisimuladamente, se extrañaban por el arrebato de un hombre por lo habitual tan comedido, por la desmesura en la celebración de, al fin, un triunfo sobre el Wolfsburgo que pronto morará en el más profundo de los olvidos. Fernando, sin embargo, celebraba por todo lo alto esa victoria, rematada en un infartante final tras otro increíble corte suyo, sabedor de la dimensión real de un combate que perfectamente podría haber dejado al Sevilla fuera de la Champions. Otra vez, sin embargo, y pese a estar lejos de la brillantez que se le presumía, el Sevilla resistió sobre el alambre, fiel a su condición de prodigioso equilibrista. Pero es que quién puede caerse contando con jugadores como Fernando.

En la narración del partido, el gran Ismael Medina apuntó: “Fernando tiene una dimensión espiritual en el Sevilla”. Es exactamente eso. El equipo cuenta con jugadores asombrosos, chavales como Ocampos o Koundé que probablemente harán cosas majestuosas en el fútbol, pero nadie tiene una influencia en el juego y el carácter del equipo como la de Fernando. Sencillamente, es el jefe. En los 80, tal apodo se lo daban a Robert Parish en los Boston Celtics. No era el mejor, no era el más dotado, ni de lejos la estrella. Pero con él en la cancha no se pasaba ni media tontería. Todo lo que tenía que hacer lo hacía bien. Jamás faltó al auxilio de un compañero. Su rostro era ajado, su expresión sombría. Acababa los partidos desencajado, como si aquello le hubiera costado un esfuerzo descomunal del que tardaría semanas en recuperarse. Pero al día siguiente ya era el primero con el escudo y la espada para preparar la nueva batalla. No se rajaba nunca. Ejercía un liderazgo indiscutido en los suyos y provocaba un respeto reverencial en el enemigo. Era una honra para una profesión que ejercía con una dedicación meticulosa, con escrupulosa pasión. Es igual en Fernando.

Ese festejo excesivo desvelaba la satisfacción por otro trabajo descomunal y perfectamente ejecutado. Hay futbolistas que eligen ser segundos platos en equipos en los que apenas jugarán nunca. Y hay otros, como Fernando, que anteponen siempre el goce de la profesión, el impagable orgullo de realizar con maestría tu oficio. Fernando tiene ya la carrera hecha. Ha ganado Ligas y títulos europeos, ha jugado en grandes equipos como el Oporto o el Manchester City (reclutado por… Manuel Pellegrini). Bien pasada la treintena, parecía gozar de un cómodo y excelentemente pagado retiro en Turquía. En semejantes condiciones, sólo alguien con una enfermiza exigencia por competir hasta el límite de sus fuerzas, con un insaciable apetito por ganar, habría aceptado la oferta del Sevilla. Para fortuna de los sevillistas, en particular, y de cualquier buen aficionado al fútbol, en general, lo hizo. Y aquí está combatiendo incansablemente, bajo la égida de una honestidad insobornable. Nadie, desde Frederic Kanouté, ha tenido una ascendencia similar a la que en el Sevilla tiene Fernando. Son palabras mayores para un hombre de pocas palabras. Pero ahí quedan, mientras él se prepara de nuevo para la acción, aliviando sus heridas y afilando los cuchillos para en cuanto el Madrid vuelva de Transnistria.

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