Usmanov, el sablista que no necesita dar sablazos

Lucas Haurie
15/02/2018

La atormentada “alma rusa”, descrita por Joseph Conrad en su libro homónimo, no carece de una faz humorística, si bien allí la carcajada se considera más un efecto secundario de la borrachera. La respuesta al chiste ruso, por lo general amargo y despiadado, es más bien una sonrisa helada como las aguas del Volga en enero, una mueca sardónica, casi un rictus desesperado. En los años noventa, tras la implosión de la URSS, todos los servicios se privatizaron en Rusia. “El Estado ha vendido también la mafia. Y la han comprado los mafiosos”, se decía con resignación. La oligarquía comunista, en ocasiones los mismos oligarcas con el mismo nombre y el mismo apellido, se convertía en la oligarquía capitalista.

Alisher Burjanovich Usmanov, tercera fortuna de Rusia y primera del Reino Unido, pertenece a la segunda generación del país surgida tras el putsch involucionista que, en agosto de 1991, derrocó a Mijail Gorbachov. Y la expresión “segunda generación” no responde a naciones de edad, sino a que no fue de los empresarios enriquecidos a la sombra de Boris Yeltsin, el primer zar post-soviético, sino que su patrimonio –primero gracias al hierro, finalmente apoyado en un holding multifacético– creció durante la hégira de Vladimir Putin. Junto a Roman Abramovich, dueño del Chelsea y también forrado mediante la compraventa más o menos oscura de materias primas, y al filántropo judío Len Blavatnik, Usmanov conforma el triunvirato de multimillonarios rusos en Londres, la ciudad de los súper-ricos.

En Rusia, ayer y hoy, las conexiones entre la política y los negocios son inevitables. Lo mismo que Abramovich gobernaba para el partido de Putin el remoto estado de Chukotka, Usmanov actuó en abril pasado como ariete gubernamental contra el opositor Alexei Navalni, el único líder que discute la supremacía del presidente y a quien desde todos los sectores oficialistas se acosa en los juzgados. La residencia fuera del solar patrio no dispensa a estos empresarios de las obligaciones patrióticas, más bien del deber de obediencia al omnímodo presidente y de la gratitud por ser distinguido con fabulosos monopolios sobre los recursos naturales del país más grande de la Tierra.

Tirador internacional bajo los colores de la Unión Soviética, armado con sable, Alisher Usmanov preside la Federación Internacional de Esgrima desde 2008 y ha dedicado enormes cantidades de dinero al desarrollo de su deporte, tan minoritario, en todos los rincones del globo. No se le conocía, sin embargo, querencia por el fútbol hasta que pagó 75 millones de libras por las acciones que David Dein, el histórico vicepresidente deportivo, poseía del Arsenal. Fue comprando hasta acumular más del 30% de los títulos, pero su ansia de poder se vio frenada por la irrupción del estadounidense Stan Kroenke, un ricachón menos acaudalado que él pero experto en la industria del deporte de alta competición, pues posee entidades en la NBA (Denver Nuggets), NHL (Colorado Rapids), NFL (Los Ángeles Rams) y Major League of Soccer. 

La convivencia en el Arsenal entre los dos magnates es complicada; tanto, que Kroenke mantiene en el tiempo una proposición a Usmanov para terminar con este remedo futbolero de la Guerra Fría. Más de 500 millones de libras ha ofrecido el yanqui por sus acciones del club londinense y la negativa del ruso de origen uzbeko llevaba implícita una contraoferta: el triple de dinero por quedarse él con todo y poder así jugar los derbis del norte de Londres contra su compatriota Abramovich de propietario a propietario. Sería otro marco más donde competir, ya lo hacen en dinero y en yate grande. El fútbol 3.0 se internacionaliza a velocidad imparable y camina hacia la era de los dueños deslocalizados que se ponen en manos de gestores locales. Como cantaron los hermanos Auserón, “el futuro ya está aquí”.       

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