Banega y las Malvinas

Javier González-Cotta
10/07/2020

Cuando vemos jugar al fútbol al mejor Banega gritamos de pronto: “¡Malvinas argentinas!”. Enseguida nos reconciliamos con aquella gran nación, rica pero manirrota, admirable y talentosa a la vez que empalagosa: todo lo que va, en fin, del inmenso Borges a ese petisú verbal llamado Jorge Valdano. Obviamente, apelar a la argentinidad de las Malvinas nos retrotrae a más de uno a la primera adolescencia. El ilusionista Banega, el orfebre Banega, ni había nacido aún (Maradona, por su parte, era todavía un veinteañero). Veíamos por la tele aquella lejana guerra de 1982 entre argentinos y británicos, justo en la víspera del Mundial de España. Todo español de bien iba con los argentinos, aunque desconociéramos que la operación armada era una enorme tramoya creada por la decadente dictadura militar argentina.

Pero ahora, decíamos al inicio, vemos jugar a Banega como lo hizo ayer en Bilbao y nos entran ganas, absurda y alocadamente claro, de gritar "¡¡Malvinas argentinas!!" y de enarbolar banderas albicelestes. Se nos viene a la memoria aquella explosión de argentinidad comprimida en Plaza de Mayo, mientras el general Leopoldo Galtieri arengaba al orgullo de la nación y, de paso, mandaba al matadero de las Malvinas a tantos y a tantos muchachos, la mayoría imberbes y analfabetos. Hablamos de argentinidad comprimida porque nunca olvidaremos los miles y miles de banderas allí reunidas. Todo fue teatral y probablemente siniestro. Pero no podemos olvidarlo. Igual que no olvidaremos nunca la otra gran explosión de argentinidad jubilosa de unos años antes, cuando la final del Mundial 78 en el Monumental de Buenos Aires entre Argentina y la Holanda de los hermanos Van der Kerkhof. Nostalgia aparte (siempre tan sibilina), pocas veces hemos visto mayor festival de la celulosa como el que tuvo lugar en el preámbulo de la final. Eran millones de papelitos, miles de rollos cayendo por las gradas como si fueran lianas enviadas por arcángeles llegados del cielo al cono sur de América.

Lo dicho. Los resortes de la memoria son absurdos. ¿Qué tendrá que ver la guerra de las Malvinas con la imperial lección de fútbol que impartió ayer Ever Maximiliano David Banega Hernández? Nada. Pero si el fútbol es fútbol (Vujadin Boskov), la memoria es la memoria y sus cortocircuitos nos llevan a crearnos asociaciones delirantes. Banega nació seis años después de la derrota de las Malvinas. No nos importa la estafa patriótica que llevó a Argentina a una guerra perdida. Sólo nos quedamos con lo que de ello quedó, aquella inmensa piñata de papelinas y rollos y banderas argentinas. De toda aquella imagen del tiempo se nos aparece y emerge el gran Ever Banega, como la celebrity pop que sale al escenario rodeada de fumarolas de colores y luces lisérgicas. Hasta que se nos vaya definitivamente al fútbol saudí, Banega seguirá jugando y presentando batalla con el SFC, con hidalguía y honor, como dijo Galtieri respecto a los soldados que enviaría luego a morir. Banega y las Malvinas no tienen nada que ver. Pero la memoria, como el fútbol, da muchas vueltas. A menudo extrañas o simplemente rocambolescas.

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