Matar al padre

Antonio Félix
05/08/2020

Agosto nos ha entrado con una extraña tendencia al parricidio. Sucede en la Corona de España y sucede en la Corona del Sevilla, cuyo ataque a su sexto título de la Europa League decide los tiempos de otro combate extraordinario, el de José María del Nido Benavente, padre, contra José María del Nido Carrasco, hijo, por el trono de Nervión. Hamlet en estado puro recitado en pleno siglo XXI en las tierras del Sánchez Pizjuán.

¿Qué rapto de locura, de soberbia tan exacerbada, podría llevar a un padre a apuñalar a su hijo? Un hijo, por lo demás, aplicado, y fiel, más que nunca en los tiempos de las mazmorras. Un chico que emergió en el club como exacto ejemplo de nepotismo para, con el paso de los días, demostrar una valía tal que había convencido a las variopintas familias que rigen el sevillismo para auparlo, dentro de tres años, a la presidencia. ¿Qué perturbación conduce a un padre a cargarse eso para devolverse él?

Hay que bucear en lo más profundo de la natural miseria humana que narra tan maravillosamente La Sucesión, hamletiana hasta las trancas, para encontrar las claves del dilema sevillista. Es dios padre todopoderoso, por encima del bien y del mal, inmune a sus pecados; es la sagrada voluntad del Saturno que devora a sus hijos. He aquí, sin embargo, lo que sabemos: que Del Nido Carrasco ha decidido plantar batalla. Su ultractividad en el club estos días, tras la detonación nuclear de su padre, arroja un claro mensaje: hasta hoy, siempre había estado de su lado. Ahora está de parte del Sevilla.

Podría decirse que Del Nido Carrasco lleva media vida aprendiendo a ser presidente del Sevilla. No ha sido una misión fácil pues, como dijimos, apareció ungido por el patriarca. Cabía la posibilidad,e incluso era previsible que así fuera, que aquella se convirtiera en su única virtud. No fue. Durante dos décadas, Del Nido Carrasco ha ido aprendiendo el oficio con una indiscutible diligencia. Con el tiempo se ha alzado como una figura enormemente valiosa para el sevillismo, en particular por su habilidad conciliadora. Incluso sus más acérrimos enemigos han sufrido su elegancia, cualidad que desarma a cualquiera. Es inteligente, va de frente, conoce el club hasta el tuétano y representa una línea continuista del proyecto que germinó con Roberto Alés, impulsó colosalmente su padre y prolongó e, incluso, exaltó José Castro, de quien ahora es vicepresidente. En menos de tres años, firmado estaba, llegaría su momento. El largo camino del aprendizaje parecía alcanzar su final. Pero no es así. Todavía quedaba una última lección por tomar, tal vez la más dura. La que dicta que, en estas guerras, no te puedes fiar ni de tu padre.

Y continuará.

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