La estampita

Antonio Félix
16/09/2020

Uno de tantos tópicos que ha hecho fortuna en el fútbol es que se trata de un gran negocio. Eso es mentira. Salvo contadas excepciones, financieramente el fútbol no deja de ser un trapicheo de cuatro perras. Hace una semana, dos noticias económicas reclamaban nuestra atención. La primera era el asalto de un grupo de capital riesgo para apoderarse del Sevilla Fútbol Club, el hexacampeón de la Europa League. La segunda era la adquisición por parte de otro grupo inversor de un portal de internet que pone en contacto a personas interesadas en comprar y vender una casa. El precio de la primera operación era de 10 millones de euros. El de la segunda, de 1300.

Tras esto último se esconde una iluminación, una idea original, por más que a veces nos parezca tan simple, casi tan tonta (qué tal ponernos mensajitos con una extensión máxima de 190 caracteres). Una idea desarrollada con perseverancia, imaginación, denuedo y voluntad hasta lograr el éxito. Todo eso le resbala al fútbol, donde se prefiere otro modelo más rudo: basta con ser un sinvergüenza con una fe ilimitada en la idiocia humana (siempre la del otro) y manejar con cierta soltura el timo de la estampita para hacer fortuna.

Sevilla, en ese sentido, siempre ha sido una ciudad de manual. Los últimos tiempos nos han ido dejando un reguero de trileros de la peor calaña que se han llenado los bolsillos con impunidad y alevosía. Lopera y Luis Oliver escribieron un tratado enciclopédico al respecto en el Betis. El baloncesto quedó prácticamente sepultado después de que un infeliz americano se las diera con queso a la supercúpula de todo un superbanco como Caixabank, paseándoles por las calles de Sevilla de la mano de un despistado Corey Maguette y poniéndoles morritos con el supuesto interés de Tony Parker. El mismo Sevilla tiene suficiente para hacérselo mirar, desde los viejos tiempos de Caldas a apenas hace dos tardes, cuando un fulano llamado Jesús León, con apenas un puñado de acciones prestadas por Del Nido, proclamó a los cuatro vientos su intención de ser el nuevo Ramón Sánchez-Pizjuán. Unos meses después, León se aplicaba, con total éxito, en arruinar al Córdoba junto a… Luis Oliver.

La secuencia es tan extensa y bárbara que llama la atención tanto la impunidad de los estafadores, expertos en aprovechar las lagunas de la ley penal, como la ingenuidad de los escaldados. Ya lo decía Einstein: "Sólo dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana; y no estoy seguro del universo". De la misma manera se podría decir de los actuales dirigentes del Sevilla, cuya ridícula codicia ha puesto al club en situación de siniestro total a la misma vez que lo elevaban al punto más álgido de su historia. Dejarse engañar por el semejante pelagato de Andrés Blázquez no nos conduce a otra cosa que a Einstein. Toca ahora echarle imaginación y categoría para arreglar el entuerto y, en tal sentido, no vienen mal ideas como la de don Luis Marín Sicilia: que el propio club financie la recompra de esas acciones para (mediante una operación de amortización y ampliación de capital) repartirlas después entre el sevillismo de base. Es una solución audaz y bienintencionada, que redundaría en la democratización del Sevilla y dificultaría asaltos en adelante. Es una solución que probablemente sea desechada, porque esto dista mucho de ser una lucha entre caballeros por el bien del Sevilla. Lejos de ello, el futuro de todo un hexacampeón de Europa se dilucida a puñaladas entre truhanes de capa corta.

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