Supermafiosos

Antonio Félix
22/04/2021

Estaba aquella serie más bien pateticona pero con un título irresistible: Los ricos también lloran. He ahí una de las indiscutibles alegrías para el pueblo, y en particular en estos tiempos donde, mejor que nunca, comprobamos cómo nos manejan, cómo nos ocultan la información o cómo nos la racionan a su antojo, cómo se utiliza el miedo, en ocasiones directamente, en ocasiones por la vía del desconcierto, para amansarnos, para domesticarnos, cómo permanecemos silentes ante el temor atávico a un mal mayor, mientras otros, los mismos de siempre, se llenan los bolsillos haciendo gala de una impunidad escandalosa, de una inhumanidad pasmante.

Comprobar que los ricos también lloran es un efímero consuelo que, sin lugar a dudas, endulza la vida de los pobres mortales. Y en este sentido, el espectáculo que se está dando con Florentino Pérez resulta impagable. El descojone ante un ridículo tan exuberante es tan inmenso y prolongado, que no podemos sino felicitarnos por este divino regalo. Casi ni merece la pena detenerse en la gravedad del asunto, en la terrible hipocresía, insensibilidad, corrupción y asquerosidad de la propuesta de la Superliga. Ver día tras día sollozar de tal manera al satrapilla acostumbrado a rendir a todo tipo de poderes ha merecido cualquier pena.

Reconforta igualmente el hecho de que haya sido el pueblo quien diera el definitivo matarile a la cuestión. No el pueblo español, claro, tan aborregado como de costumbre; sino el pueblo inglés. La protesta de los hinchas británicos, su radical sublevación contra los designios marcados por los dueños de sus más grandes clubes ha resultado increíblemente estimulante. Un pequeño milagro que nos deja algunas lecciones. Entre otras, y de nuevo, las consecuencias fácticas de la pérdida de identidad de los clubes, el trilerismo histórico y sentimental de esos supuestos mecenas que prometen toneladas de dinero y un respeto a las esencias y que, en realidad, sólo esconden un proyecto mercantilista para hacer lo que, de hecho, han venido haciendo durante toda su vida: ganar pasta. Sea como sea. Pese a quien pese.

Un error de medida, al desconsiderar la brutal conexión que tienen los fans ingleses con sus campeonatos, ese sentimiento gloriosamente enfermizo que relató como nadie Nick Hornby, significó el final de la monstruosidad de la Superliga. El inicio lo marcó el Bayern de Múnich, tal vez el club más señorial que existe en el fútbol. El Bayern no necesitó manifestación alguna por parte de su pueblo. Sencillamente, van de la mano. Hace tiempo que el fútbol alemán decidió protegerse del capitalismo extremo que invadía el juego, de la llegada de dinero de la más dudosa reputación que compró todo tipo de clubes, especialmente en Inglaterra, pero también en España, Italia, Francia y tantos países más. Su sistema gira en torno a la famosa regla del 50+1, que garantiza que el capital del club deba estar mayoritariamente siempre en manos de sus socios y pone estrictas normas de solvencia a las empresas que entran en el accionariado. Es una medida tan sensata y efectiva que se hace difícil pensar que no se imite. En especial en clubes que tanto se llenan la boca con su pertenencia a la hinchada, como son nuestros Sevilla y Betis.

Estos días, ambos se felicitan por su proceder en este escándalo de la Superliga, por su rechazo, inmediato y frontal, a esa cochinada. Y es cierto, hay motivos para aplaudirles. Pero también sería conveniente que se preguntaran qué habría pasado si el club hubiera estado en manos de cualquier gamberro millonario, como, de hecho, a punto estuvo de pasar esta misma temporada con el Sevilla si no hubiera sido porque, al final, estábamos sólo ante un gamberro, pero más tieso que la mojama. La codicia, la misma codicia que generó la repulsiva Superliga, es la que impide que nuestros aplaudidos gobernantes blinden el accionariado con un modelo a la alemana. Una necesidad que, hoy más que nunca, presenta una lógica aplastante. El único precio sería la consecuente bajada de valor de la acción. Y, al parecer, eso nadie está dispuesto a pagarlo. Ahí queda el justo límite hasta el que llega su sevillismo.

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