Distracción

Antonio Félix
Antonio Félix
02/02/2022

En el fútbol la intimidación lo es todo, y la del Sevilla es brutal. Es difícil pensar que un equipo que juega tan mal provoque tanto pavor a los adversarios, pero es que la cosa no funciona así. El tema no es mira qué equipazo tienen y no son capaces de dar cuatro pases. No. Lo que piensa la gente del fútbol, con indisimulada admiración, es que estos tíos, haciendo frente a mil adversidades (entre las que se encuentra no jugar ni un pimiento) están ahí arriba en la Liga y que, además, sus dirigentes, lejos de amilanarse por las terribles dudas del juego, echan el resto en el mercado de invierno. O sea que, de vuelta a la batalla, al Sevilla parecen habérsele difumidado las calamidades que le asolaban, lesiones, ausencias por la Copa de África, futbolistas sin nivel, piezas codiciadas por los ricachones, para presentarse al tajo con Navas, Koundé, En-Nesyri, Bono, Diego Carlos, el Tecatito y Martial al frente. Sí, es para acojonar.

Obrando con una táctica que suele dar resultados, dejar de lado las palabras, pasar a los hechos, el Sevilla se ha convencido definitivamente de lo que algunos veníamos diciendo desde el final de la pasada campaña. Es ahora o nunca. Ya nadie lo finge. Es difícil pensar que el equipo de Nervión se vaya a ver en otra posición tan ventajosa frente a los grandes, con una temporada tan convulsa y contando con extraordinarios futbolistas a los que le cuesta sangre retener. Es previsible, a poco que Julen Lopetegui articule un par de movimientos de ataque decentes, que el Sevilla se va a poner en disposición de luchar por el título. Tocará ahí romper un muro psicológico contra el que, hasta ahora, y ahí está la última Liga como antecedente más cercano, el Sevilla se ha estrellado sin remisión. Un reto cada vez más al alcance, pero que no admite distracciones.

La mayor es la del derbi, ese inmenso generador de basura. Lejos de actuar con la "altura de miras" pregonada, el Betis se ha lanzado con todo hacia una estrategia de la provocación de tintes enfermizos. Todo cabe ahí, desde informes periciales mortadélicos que recuperan las mejores esencias del loperismo hasta las patéticas burlas de futbolistas hacia un compañero que, según un informe médico, padecía un traumatismo craneal. No serán cosas que se dejen pasar, pero el Sevilla debería preguntarse por el precio con el que saldará las mismas. Para el Betis, la cuestión se incardina en otra superior. Si antes hablábamos del muro psicológico blanquirrojo, para los de Heliópolis no hay otro más inminente que abatir, al fin, al vecino que le ha tenido subyugado, por no decir olvidado, durante las últimas décadas. Superarlo de manera clara, evidente, con visos de persistencia. Se trata de un objetivo vital en un club cada vez más obtuso, en el que vuelve a calar la conspiranoia y desde donde se observa a todo el ajeno como a un enemigo. Hasta ahora, el Sevilla ha respondido con cierta mesura. Desde ahora, debería responder con absoluto desdén. En sus miras, el derbi sólo puede plantearse como un levísimo episodio más, en el que tendrá poco que ganar y sí mucho que perder si no es capaz de gestionarlo con inteligencia y, hasta diría, altivez. En el pasado hizo fortuna un lema para restar dramatismo al partido: superar el provincianismo. Pues es exactamente eso. Que Martial no está aquí para ganar un riña de compadres

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