De Burgos para Sevilla, con amor

María José Caldero
María José Caldero
19/01/2023

Decía Kandinsky en su tratado ‘De lo espiritual en el arte’, que la obra de arte nacía de la mente del artista y, una vez terminada, como un ser con vida independiente, volaba a través del tiempo para llevar un mensaje distinto a cada una de las generaciones de espectadores.

Algo así recuerda mi maltrecha memoria de las palabras del maestro ruso, uno de los iniciadores del arte abstracto.

Me ha venido Kandinsky a la cabeza pensando en los cuatrocientos cincuenta años que cumple este año la imagen del Cristo de Burgos. Cuatrocientos cincuenta años llevando un mensaje a través de la historia de una ciudad muy al sur de Burgos.

¿Pensaría Juan Bautista Vázquez el viejo en lo trascendental del arte? No podemos saberlo. En el siglo XVI aún seguían los artistas reivindicando la dignidad de su trabajo.

Había llegado Juan Bautista desde Ávila a Sevilla en 1557 y lo hacía a una ciudad que empezaba a erigirse en la gran metrópolis comercial de Europa. Esta riqueza había actuado de reclamo para la llegada de artistas extranjeros que se encargaron de introducir en los círculos artísticos de la ciudad las nuevas formas del Renacimiento flamenco e italiano. Lorenzo Mercadante, Alejo Fernández, Pedro de Campaña, Piero Torrigiano o Roque Balduque son algunos de estos artistas que empezaron a abrir nuevas ventanas al mundo artístico en Sevilla.

En el campo de la imaginería que nos ocupa, debemos destacar la llegada en 1553 del escultor Isidro de Villoldo, discípulo de Alonso Berruguete, como un punto de partida para el nacimiento de la escuela sevillana de imaginería. Con Villoldo llegaba a la ciudad la influencia castellana, influencia que se volvió irremediablemente más presente con la llegada de Juan Bautista Vázquez imbuido obviamente de las formas castellanas pero, además, formado en la tradición clásica italiana. Con estas credenciales se abrirán las puertas al manierismo en la escultura sevillana, dejando atrás las formas que aún se adherían al primer renacimiento o incluso al final del gótico, momento artístico materializado en la hechura del Cristo de la Vera Cruz.

Este manierismo incipiente es la base artística sobre la que trabaja Juan Bautista Vázquez  cuando recibe el encargo del Cristo de Burgos un 18 de noviembre de 1573, dos años antes del encargo que recibiría del gremio de plateros el escultor flamenco Marcos Cabrera para realizar el Cristo de la Expiracion del Museo, ya plenamente manierista

El Crucificado de San Pedro, testigo del bautizo en la parroquia del niño que se hizo genio de la pintura universal, Dieguito Velázquez, debía tallarse “con una corona de espinas y sus cabello largos y un paño en el cuerpo, según y en la forma que está y lo tiene el Santo Crucifijo de la Capilla de San Agustín de esta ciudad…”

Esta particular fisonomía, propia de los crucificados medievales, sería profundamente transformada a finales del siglo XIX (1894) por Manuel Gutiérrez-Reyes y Cano que le retira el pelo natural y moldea uno de estopa y pasta y sustituye el faldellín tubular por un sudario encolado. A principios del siglo XX, José Ordóñez interviene a la imagen y es probable que le hiciera una nueva policromía. 

Y esta es la imagen que nos ha llegado y que vemos cada Miércoles Santo los cofrades de nuestro tiempo.

Sale el Cristo de Burgos, sobrio y castellano, manierista y sevillano, dejándonos un mensaje de cuatrocientos cincuenta años de devoción. 

De Burgos para Sevilla, con amor.

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