Nuestras Firmas: Javier González-Cotta

España o la paella espiritual

Esplendor en la Hierba

Javier González-Cotta
26/11/2022

No sé si el invisible lector, ese señor tal vez inexistente, opinará lo mismo. Pero uno tiene la sensación de que el mundo de hoy es una extraña compota. O irrealidad y metaverso o vuelta al canon: dígase el mundo de ayer. Todo aparenta ser virtual y tecnológico. La ciencia es el único credo admisible. No hay otro mapa que el de la multiculturalidad. El ecologismo es bandera común y unidad de destino para la salvación mundial. Juramos fidelidad a los pedidos por Amazon y poco más.

Por todo ello, amar la bandera de tu nación, lucir la camiseta de tu selección de fútbol o cantar el himno de tu país a florido pulmón podrían considerarse gestos de un pasado cañí. Es como si fuera un ‘way of life’ patrio, pero fuera de onda, pese a que haya populismos irredentos al modo húngaro (el presidente magiar Víktor Orbán ha entrado en polémica otra vez al lucir una bufanda futbolera con el mapa de la ‘Gran Hungría’ en un partido amistoso contra Grecia).

Bajo la globalización totalizadora, incautos y biempesantes creyeron que había llegado una idea de mundo nuevo o refundado de cabo a rabo, sin fronteras ni banderas ni patrias. Tendrán que esperar, al menos hasta que acabe el Mundial de Qatar. Porque ahora, en pleno atracón de partidos, nada hay nada más mediático y litúrgico a la vez que el momento en el que suenan los himnos de los países. Se canta a lo distinto, a lo que nos separa a unos de otros. Se traduce todo en el flamear de banderas en las gradas, en los atuendos del personal y en la letrilla de los himnos. Lo dicho: todos compramos en Amazon y Google es nuestra sangre común. Pero al final tú eres iraní o costarricense o saudí o surcoreano, y yo soy croata o uruguayo o tunecino o galés. Si gritas con emoción de ultramar a las armas y a marchar contra los cañones (himno de Portugal), yo canto “Oh, Canadá, estamos en guardia por ti” (y además lo hago en francés y en inglés como país bilingüe que soy).

Yo no sé ustedes. Pero procuro no perderme el momento hímnico previo a los partidos. Es un instante sublime (cierto es que a veces se sobreactúa rozando la patraña). Incluso me ha dado por tomar apuntes de orden político y geoestratégico. Los iraníes no cantaron su himno por las protestas que tienen lugar en la vieja tierra de Zarathustra. Los ingleses, invocando al orejudo rey Charles III, entonaron su ‘God Save The King’ sin que el cambio de matiz desluciera la solemnidad. Un jugador mexicano lloró a moco tendido al atacar el himno azteca. Casi igual que Cristiano Ronaldo, quien hizo sus pucheros mientras sonaban los acordes maravillosos de la marcha portuguesa. Senegaleses, norteamericanos, ghaneses, marroquíes, brasileños y un largo etcétera cantan el himno patrio con la mano derecha posada en el corazón. También lo hacen los belgas, pero en el país duplicado entre flamencos y valones hay quienes posan su mano en el corazón, pero sin cantar (caso del flamenco De Bruyne).

La emoción alcanza su punto álgido en naciones agitadas por su nacionalismo. Muchas de ellas son nuestras preferidas (cómo echamos de menos a Grecia, Turquía o Albania, por poner). Quienes no nos han fallado son los balcánicos. Los croatas cantan su ceremonial himno a ‘Nuestra Hermosa Patria’. Suena bello pero híbrido, como todo el catolicismo arraigado en tierras balcánicas. En las gradas sus nacionales también lo cantan y se ven banderolas de Croacia con nombres de las amadas islas y ciudades: Rijeka, Split, Hvar, Vukovar (la ciudad mártir en la guerra de los 90) o Mostar (que es la joya de los herzegovinos, pero de Bosnia-Herzegovina, y no de Croacia: es como si un catalán de una Catalunya independiente mostrara una senyera con el nombre de Illes Balears, uno de los sueños eróticos de los llamados Països Catalans).

Por supuesto, para compensar el fluido croata, los jugadores serbios entonaron abrazados su ‘Boze Pravde’ (‘Dios es Justicia’): “¡Dios, salva! ¡Dios, alimenta a los pueblos serbios, al pueblo serbio!” Observando el ritual, me invadió como un rapto panserbio. Encendí velitas sobre un imaginario icono de San Sava y me llevé la mano al pecho, jurando sobre el escudo con el águila bicéfala y el blasón con las cuatro ‘c’ del lema ‘Samo Sloga Srbina Spasava’ (‘Sólo la unidad salva a los serbios’). Si el blasón de la Gran Serbia acongoja –y con razón– a croatas y bosniacos musulmanes por la historia sangrienta que comparten, los serbios hacen aguas mayores y menores ante el damero rojo y blanco de la Gran Croacia (la de los padres ustachas, peores que los nazis, en la Segunda Guerra Mundial).

Pero todo esto sería meternos ya en oscuros berenjenales, más allá de la escénica liturgia de los himnos. Uno no niega que escuchar el corifeo de los himnos ajenos entre jugadores, cuerpo técnico y aficionados me produce envidia (si sana o insana, esto lo dejamos para otra ocasión). Los españoles no tenemos letra, letrilla ni letranca alguna para el himno (no más allá de la tartamudez del “Lo-lo-lo-lo-lo…”). Sólo nos dejamos mecer por sus notas pegadizas a la par que cadenciosas. Es como si sonara una de esas orquestas valencianas que amenizan Mestalla en el aperitivo de los partidos. Es lo que tiene escuchar un himno, con o sin letra. España, paella espiritual donde cabemos todos.

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