Pellehiddink

Antonio Félix
03/12/2020

Alguien como Manuel Pellegrini, un señor bien instruido y chileno, debería haber sido particularmente cauto respecto a la verdad oficial pues bien sabido es, y en especial en países como el de cuna del señor Pellegrini, que la verdad oficial, santa e incontestable supone el camino más seguro para alcanzar el desastre.

Lo primero que debería haber hecho sospechar a Pellegrini al llegar al Betis era el pensamiento único, un terreno cómodo pero movedizo en el que no es raro acabar engullido. Había muchas preguntas que hacerse entre el preparador chileno y los dirigentes del Betis sobre esa relación que iban a establecer, y que esencialmente pasaba porque un señor de 67 años en el momento más bajo de su carrera se hiciera cargo de un plantel inanimado que apenas si podría reforzarse ante la ruina económica del club. Es de presumir que ese debate no germinó frente a la conveniencia de las partes: uno necesitaba la oportunidad para demostrar que su carrera en el fútbol de élite no estaba acabada y los otros ansiaban un gancho con el renombre de Pellegrini para prolongar su disparatada huida hacia ninguna parte.

Es de presumir que en esa ausencia de debate germinaron los problemas que asuelan hoy a Pellegrini, y que son exactamente los mismos que el club lleva arrastrando las dos últimas temporadas. En buena medida, dichos problemas son consecuencia de la exacerbada soberbia de la que hacen gala los dirigentes del Betis, y que desde cierto punto de vista resulta más que comprensible. Hace unos días se conocía que el señor López Catalán había vendido exitosamente su empresa de videojuegos a una multinacional americana que factura 1000 millones al año. Por su parte, don Ángel Haro, todo un emblema del emprendedor andaluz, vendió a su vez proyectos energéticos a una gestora de fondos por valor de 750 millones. Cómo explicarse, y sobre todo cómo asumir, que estos dos fantásticos empresarios en su sector sean unos completos inútiles en la gestión de un simple club de fútbol (y no digamos ya, de baloncesto).

Lejos de admitir con humildad tal carencia, los regentes se han enredado en esa espiral conspirativa tan propia del Betis, en la que se reniega no sólo de cualquier crítica, sino incluso del mero debate que, en realidad, tan bien le ha sentado al club en su época lopeharista. Conviene recordar que el único tramo aprovechable de ésta coincidió con la convivencia del entrenador Setién y el director deportivo Serra Ferrer, cuya tensión no pudo resultar más fértil para el equipo. Desbaratar aquel endemoniado y frugal binomio fue probablemente la mayor de las burradas cometidas por los zoquetes virreyes verdiblancos, y miren que ha habido.

Entre las carencias de estos dos advenedizos, que casualmente sólo salieron a la luz cuando Lopera olía ya a cadáver y el Betis a negocio, no es menor la de su incultura. Cierta conciencia de lo que ha venido sucediendo en el Betis en las últimas décadas les habría ofrecido interesantes pistas para evaluar si, ciertamente, Manuel Pellegrini era el hombre ideal para pilotar a este equipo en estas circunstancias. No hay que forzar demasiado la memoria para encontrar otra temporada en la que, igualmente, el Betis apostó por entrenadores reputadísimos, veteranos y de vuelta de todo, incapaces de espolear a un plantel con tanto talento como desidia. Fue justo al doblar el siglo, con los insignes Carlos Timoteo Griguol y Guus Hiddink. El equipo acabó descendiendo.

Particularmente deprimente fue el quehacer del holandés, ex del Madrid y todo un campeón de Europa al que se recibió con global entusiasmo. En este punto, resulta inevitable establecer paralelismos con el presente. Una de las características de la verdad única es que se revela hacia el exterior con mensajes completamente idiotas. Escuchar decir a Catalán que “Pellegrini ha sido el primer entrenador al que se ha firmado tras un proceso realmente profesional en la historia del Betis” o a Cordón que “fichar jugadores no es la tarea más importante de un director deportivo” daban una idea de la disociación con la realidad que experimentaban los rectores del Betis. En esa espiral parece haber caído también el entrenador, para completa desgracia verdiblanca. En su día, aquel otro salvador, Hiddink, apenas aguantó 13 partidos antes de irse a entrenar a la selección coreana. Pellegrini tiene firmados tres años, pero, visto lo visto y sabido lo sabido, no apuesten a que dure ni tres meses antes de echarse en los brazos de su amada Chile.

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