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Mercancías

Antonio Félix
Antonio Félix
25/01/2023

El gran Christian Poulsen, tal vez el mejor centrocampista defensivo que ha jugado al fútbol en esta ciudad (con permiso de los maravillosos presentes Fernando Reges y Guido Rodríguez), y señor tan parco en palabras como generoso en palos, me respondió de esta manera cuando, cierto día, le inquirí por la manida consideración de los futbolistas como mercenarios. "Por supuesto, faltaría más", dijo con toda naturalidad, casi con fruición, lejos, desde luego, de sentirse lo más mínimamente agraviado.

Entre las muchas cualidades que caracterizaban a Poulsen, una de ellas, innegociable, era la de ser siempre dueño de su destino. El danés controlaba al detalle sus contratos, los cumplía y se iba… al club que él elegía. Del Schalke pasó al Sevilla, y del Sevilla a la Juventus sin que nadie más que él viera un solo céntimo en traspasos. Si los equipos decidían presionarle con dejarle sin jugar por negarse a renovar o a ser vendido, allá ellos: era su problema prescindir de un jugador de su talla. Poulsen daba la medida del perfecto mercenario del fútbol, preocupado únicamente por él y por nada más que él, sin necesidad de fingir ninguna pasión por el club para el que trabajaba hoy, que necesariamente no iba a ser el club para el que trabajara mañana. "Faltaría más" no considerarse como tal. De hecho, no entendía actitud más razonable frente a empresas para las que el futbolista siempre fue, y siempre sería, pura y simple mercancía.

Hoy, en un negocio tan desmesurado, esa mercancía resulta cada vez más precaria. La situación no deja de resultar paradójica. En tiempos en los que el desarrollo de la preparación física ha estirado como nunca la longevidad de los atletas, el mercado no quiere saber nada de ellos. Conforme se acercan a la barrera de los 30, se convierten en producto caduco. Si la pasan, resultan directamente escombros. La cosa, como decimos, se presta a confusiones en las que se detiene poco la moda imperante, con los directores deportivos enmarcando en sus despachos títulos de dirección de empresas que otorgan como churros institutos de todo pelaje. Lo dicho. Es la moda, y punto.

El Betis aparece como una doble víctima de esta situación, por sufrirla y dejarse llevar por ella. Tras no poco aguantar, el club prácticamente se dio por vencido respecto a la posibilidad de vender a los magníficos futbolistas con los que ha hecho cumbre estos dos últimos años. Los Fekir, Canales, Bravo, Carvalho, no digamos Guardado o Joaquín, o incluso los campeones del mundo Guido o Pezzella, todos ellos maravillosos peloteros… sin valor para un mercado que ya sólo paga por críos. Una corriente a la que el Betis, con una bancarrota muy pesada a cuestas, ha tratado de adaptarse. Primero con la compra de Luiz Henrique, probablemente de bingo. Luego con la de Abner Vinicius, tal vez de traca.

La llegada de lateral brasileño resulta sintomática de los tiempos que corren. Su fichaje se produjo como compensación por la marcha de Álex Moreno. Se fue un jugador referencial y le relevó otro bisoño, sin que el club ingresara por ello una cantidad de dinero significativa. Esto con la temporada en marcha y peleando a saco por la Champions frente a rivales muy crecidos, caso de la Real, o bien reforzados, caso del Atlético. Y, sin embargo, resultó una operación aplaudida. La gente se emocionó con la celeridad del cambio y el prometedor perfil de Abner, muy elogiado por los juglares que estudian el fútbol brasileño. El Betis, por lo demás, se frotó las manos con otro posible negocio a la vista, relamiéndose ya como está con Luiz Henrique. Todo pintaba de rechupete… hasta que Abner se arrancó a jugar.

Y el chico está cagado. Son tantos los factores que se manejan en estos tiempos de rabiosa mercadotecnia que se suele olvidar uno: el humano. En el partido y poco que Abner ha jugado, lo único que se ha visto ha sido a un veinteañero tímido y paralizado tras salir por primera vez de casa. El Betis, por cierto, perdió esos dos partidos, cayendo de la Copa y mascullando una crisis en la Liga donde se juega su verdadera fortuna. Tras la enorme apuesta redoblada este año, no alcanzar el maná de la Champions suena a ruina total. Para ese fin había un sólido convencimiento viendo la finura de la orquesta compuesta por don Manuel Pellegrini, que no ha tenido reparos en hacer pública, una y otra vez, su obstinación para que no le tocaran el equipo. Por una cuestión de calidad, pues difícilmente quien viniera pudiera emular lo tantísimo que un crack como Moreno daba. Y por una cuestión de convivencia. Pues a la vista está que el Betis, más allá de esa apariencia de familia que baila el Motomami, no es más que otra empresa que despacha sus mercancías según disponga su arbitrario y único provecho.


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