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Iríbar '80

Javier González-Cotta
Javier González-Cotta
03/03/2023

En principio, parece ser que en esta jornada de Liga algunos porteros vestirán terno negro en homenaje al octogenario José Ángel Iríbar Kortajarena (Zarauz, 1943). Quiere decirse el mítico Iríbar, apodado el Chopo (así llamado por la vez primera que lo vieron saltar en el Basconia con los brazos hacia arriba). Quien dice Iríbar dice lo siguiente: blasón del Athletic de Bilbao, queridísimo portero de la selección española en la larga noche de Franco y, después, miembro de HB en la incierta España de la democracia. Acaba de cumplir 80 años, lo cual, francamente, me resulta molesto. A rebufo del Chopo veo también cómo el tiempo me echa por igual su palada de años por encima.

Ha encanecido Iríbar y, al alimón, nosotros también. Sin embargo, de cancerberos de antaño, recuerdo mucho mejor la estampa de Esnaola y de Súper Paco que la de Iríbar. No porque fueran los porteros de nuestra ciudad en el tiempo remoto, ya que incluso recuerdo mejor al alemán Maier y a Miguel Ángel, el portero bigotudo del Real Madrid (jamás olvidaré su volador paradón en un partido de la triste España del Mundial de Argentina’78).

Todo lo más, sí que recuerdo algo de la primera Copa del Rey de 1977. La vi en un televisor en color marca Telefunken. La final la ganó el Betis de Iriondo, muy del Athletic, al propio Athletic de Bilbao. Iríbar falló decisivamente en la tanda de penaltis ante Esnaola (luego supe que también perdió ese mismo año una Copa de la UEFA a doble partido ante la Juventus). Todo esto carece de mérito recordatorio, pues internet recompone el pasado con antipática meticulosidad. Pero en internet no viene que también me acuerdo de que mi padre, que era sevillista, celebró el fallo de Iríbar en batín y pijama y se alegró por el Betis.

La cuestión vasca, bajo la tenebrosa txapela de ETA, ya empezaba a encabritar a buena parte de España. Iríbar había dejado de jugar en la selección española en 1976 (dijo que porque nunca lo volvieron a llamar más, incluido su amigo Kubala, tras ser internacional en 49 ocasiones). Un año antes, hizo fama la fotografía con la que los jugadores de la Real Sociedad y del Athletic salieron al viejo Atocha en un derbi terruñero. Portaron una gran ikurriña, enseña aún prohibida (Iríbar, por cierto, no vestía aquí de negro y sí con camiseta verde manzana). Franco, tras meses con los rulos puestos, había muerto ya entre el sentido duelo y la alegría (los hunos y los hotros al modo Unamuno).

Respecto a la ikurriña, el ministro de la Gobernación, Rodolfo Martín Villa, ni la prohibió ni la fomentó desde aquella icónica imagen en Atocha. Simplemente la toleró, dejándola estar. Durante años –lo he recordado más de una vez en algún artículo– hubo una pintada en los muros de las Adoratrices, en la avenida de La Palmera. Se leía: “¡Martín Villa dimisión!” La memoria, en fin, es un extraño artefacto. De Iríbar, siendo yo niño, guardo una imagen difuminada. Pero la pintada contra Martín Villa es algo que sí recuerdo con absoluta insensatez. Fue mi primer grafiti.

En la España franquista España entera amaba a Iríbar (igual que en Jaén, por ejemplo, se era muy del Athletic). El portero euskaldún, de padre tradicionalista y madre nacionalista, siempre dijo que se sentía muy a gusto cuando recorría la geografía del Estado. Como se sabe, el cariño se difuminó del todo cuando Iríbar aceptó formar parte de la Mesa Nacional de HB en 1978. Dijo que aceptó porque le habían ofrecido llevar Deporte dentro de Cultura. Preguntado al respecto e inquirido más de una vez sobre si se sentía español, Iríbar, como cabía esperar, solía despejar a córner (véase, por ejemplo, la larga interviú que se le hace en la revista Jot Down). Repitió una y otra vez que por encima de todo siempre se había sentido deportista. Y sobre la causa por la que dejó HB poco después, si por la violencia de ETA, respondió: “Todo entra”. En 1975 le marcó mucho, al parecer, el último fusilamiento ejecutado en España contra tres miembros del FRAP y dos etarras: Otaegui y Txiki (este último, aunque nacido extremeño, era de Zarauz, la arcadia del guardameta).

Para ser sincero, la figura de Iríbar no me aviva el aura mítica que sí ha derrochado para tanta gente (antes y aún después de su puesta en escena en HB). Quizá nunca se trató de ningún giro ni volantazo abertzale por su parte, ya que, como él solía repetir también, su patria era el ‘baserri’ (caserío) de Zarauz, llamado ‘Makatza’. Euskal Herria era su idílica postal de trasfondo, con sus bellos paisajes norteños y verdecientes y, también, con sus atentados y su cuasi estado de sitio. Mi colega y amigo León Lasa, ex directivo ocasional del Betis (hijo de León Lasa Múgica, quien fuera jugador y entrenador del Betis en el ascenso a Primera en 1979), solía lagrimear en su presencia, pese a sus raíces guipuzcoanas (yo lo vi hacer pucheros en los aperitivos de un descanso en el antepalco de un Betis-Athletic).

En mi caso, simplemente por edad natural, a quien sí recuerdo con atuendo negro no fue el Chopo Iríbar, sino el portero y superhéroe Paco Buyo. El ruso Yashin, a quien tanto admiró Iríbar (al cual pudo conocer y rendir visita después en su tumba en Moscú), fue quien hizo del negro un color respetado y emblemático (la Araña Negra era el apodo de Yashin). Veo ahora en una fotografía la vieja camiseta negra, desgastada ya, que enseña su dueño, el hoy Iríbar de los 80 inviernos. Uno no ha llegado a esta cifra. Pero tengo ahora más o menos la edad que tenía mi padre cuando celebró el fallo de Iríbar ante Esnaola. Y esto, como decía, no es del todo agradable.


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