Mendilibar, Olympiakos y el héroe Nikos Godas

Javier González-Cotta
Javier González-Cotta
12/02/2024

Decía don Pío Baroja que a ciertas edades uno no debe ir a ningún sitio del que no pueda volver andando. Por lo que se ve, hay excepciones. José Luis Mendilibar (62 inviernos) ha vuelto a El Pireo, al estadio Georgios Karaiskakis, donde disputó con el Sevilla Fútbol Club la última Supercopa de Europa frente al Manchester City. La perdió, pero con trapío y dignidad. Lo hizo incluso con pureza y honor, que remite simbólicamente a los colores blanco y rojo que, como el Sevilla, también gasta Olympiakós, con su camisola a rayas en dichos crisoles y su escudo que remite a los míticos juegos de Olympia en el Peloponeso.

Con Mendilibar ya en el banquillo, Olympiakos ganó holgadamente en su feudo al OFI de Creta (4-0). El popular club, presidido por Evangelos Marinakis (uno siente debilidad por la sonoridad de los nombres en griego), viene de segar a varios entrenadores en los últimos tiempos (entre ellos Míchel y el eterno postulante Diego Martínez). Haciendo caso omiso a Baroja, Mendilibar ha vuelto a ir al estadio Georgios Karaiskakis (si no andando, se supone que regresará en avión cuando toque). Ha de saber que el nombre del estadio evoca a uno de los héroes de la guerra de independencia griega contra los turcos en 1821 (la falda o fustanela de los ‘ezvones’ –es la guardia presidencial de Atenas– tiene 400 pliegues que recuerdan los 400 años de yugo otomano).

Olympiakós es más que un club, pero no en la línea vinculada en parte al “necionalismo” (Fernando Savater) que se pregona desde Can Barça. Hoy por hoy es el equipo más popular y seguido, no sólo en el abigarrado entorno de Atenas, sino en toda Grecia continental, incluido el Peloponeso. El Pireo es uno de los enclaves portuarios más importantes de Europa. En razón de este nexo, en origen la hinchada de Olympiakós se nutrió de una sólida y entusiasta base obrera. De ella formó parte el aluvión de griegos turcos que fueron obligados a abandonar Asia Menor en 1922-1923, tras el acuerdo de poblaciones establecido entre el griego Venizelos y el caudillo turco Atatürk (en Grecia se conoce como el “Año de la Catástrofe”).

El fútbol es también historia canónica, pero en su literal sentido. Guerra tras guerra, los desastres y atrocidades del siglo XX han jalonado la vida de este club vinculado al aguafuerte obrero del puerto y sus astilleros (hoy por hoy sus fulgurosos hinchas son de muy variada condición social). Muchos jugadores de Olympiakós fueron llamados a filas durante la Segunda Guerra Mundial. En 1940 Mussolini invadió Grecia desde Albania para demostrar, entre otras cosas, su impericia en artes bélicas. Su ofensiva fue aplacada por el ejército griego. En sus filas militaron los delanteros de Olympiakós Christóforos Raggos, Leonidas Andrianopoulos y Nikos Grigoratos. El primero fue herido en una pierna y tuvo que dejar el fútbol. El segundo cayó muerto en el frente albanés. Y el tercero fue herido en enero de 1941 en la batalla de Klisura, definitiva para vencer el empellón italiano sobre Grecia.

Todo ello lo recuerda Alfonso Usall en el capítulo dedicado a Olympiakós dentro de su libro ‘Futbolítica’. La derrota italiana no supuso respiro alguno para los griegos. En abril de 1941 los nazis invadieron Grecia tras doblegar la fuerte resistencia griega. Era el preludio del horror que se cernía sobre el país, dando paso a una pavorosa hambruna de la que ni el más pertinaz olvido ha conseguido desteñir de la memoria nacional. De nuevo, en la resistencia contra los nazis, algunos jugadores de Olympiakós volvieron a tener un papel determinante que los vincula al fútbol y a la historia heroica de su país. Nikos Godas, joven y fino delantero (procedía de los griegos expulsados de Turquía), se convertirá en icono de la lucha contra el nazismo y de la guerra civil griega que acontecerá poco después.

Pese a la bota alemana, el fútbol siguió disputándose en Grecia con el Olympiakós como equipo exitoso (cuesta creer que se celebrase una Copa de Navidad en 1943, que fue ganada por el club de El Pireo frente a su acérrimo rival, el Panathinaikós). Nikos Godas, apodado ‘El Artista’, compaginó el fútbol con la lucha clandestina contra los nazis. Se enroló, con grado de capitán, en las filas del ELAS (Ejército Popular de Liberación Griego), de doctrinario comunista. Supo que en la batalla de Exarkhia murió otro jugador de Olympiakós, Michalis Anamateros, mientras él combatía en el frente precisamente de El Pireo y Níkea.

El fin de la ocupación nazi no trajo la paz en territorio griego. Enseguida dio paso a una guerra civil entre los comunistas del ELAS y las tropas afines al gobierno derechista y realista de Jorge II. Godas combatió por la causa roja y lo hizo en el entorno afín y obrero de El Pireo. Aquí fue arrestado en 1945 y seguidamente encarcelado en la prisión de Egina. Será ejecutado en la isla de Corfú un 19 de noviembre de 1948. Tenía 27 años. Cuenta Ramón Usall que Godas pidió ser fusilado con los ojos sin vendar y con la camiseta puesta de su amado Olympiakós. Su último deseo fue ver por última vez los colores del honor y la pureza, el rojo y el blanco. Se da por verdadero que, poco antes de morir, recordó a sus compañeros del ELAS en El Pireo gritando: “Hemos ganado. Vivan los campeones del socialismo. Adiós, compañeros de equipo”.

Pese a su base obrera de entonces, los directivos de Olympiakós, más afines a la causa realista, no hicieron apenas nada por intentar salvar a Godas. Olympiakós también se había abierto en canal. Fútbol, en fin, es mucho más que fútbol.