Andreas Brehme, el último caído

O tempora o goles

Javier González-Cotta
Javier González-Cotta
26/02/2024

Van cayendo, en fatídica ristra, los que siempre hemos considerado que eran como parte de los nuestros. Yo, al menos, los considero como tales, pues de algún modo han sido compañeros de la memoria fiel. Murió Franz Beckenbauer (evocado ya en esta sección) y volvió al recuerdo la imagen icónica de su brazo en cabestrillo en la final contra Italia en el Mundial México 70, en el por entonces llamado como “Partido del Siglo”.

Hace unas semanas moría el gran ‘Gigi’ Riva, histórico del Cagliari de Cerdeña y mito de la Nazionale con su récord de inmortal goleador (35 goles en 44 partidos, sin contar los 155 goles anotados en la Serie A). La leyenda de ‘Gigi’ Riva, apodado ‘Rombo di Tuono’ (“fragor del trueno”), quedó escenificada con su abrumador sepelio celebrado en la basílica de la Bonaira, en Cagliari, donde asistió el sentido pueblo y buena parte de los históricos futbolistas de Italia que siempre recordaremos, también, como copartícipes de la memoria compartida. Curiosamente, en aquella semifinal de México 70, con aquel 4-3 de Italia ante la República Federal de Alemania, el káiser Beckenbauer se enfrentaba a quien ahora es su compañero de óbito, ‘Gigi’ Riva, lombardo de nacimiento pero sardo de corazón. Siempre renunció a fichar por otro equipo con mayor lustre, pese a las tentaciones del rico ‘padrone’ (quiere decirse la Juventus). El ‘scudetto’ logrado en 1970 por el Cagliari supuso, como muchos dicen, el ingreso de la aislada y difícil Cerdeña en Italia.

Cayó a inicios de febrero otro de los nuestros, el portero Miguel Ángel, el bigotudo cancerbero que fue del Real Madrid y de la selección española. La memoria tiene mucho de estampación. Recuerdo con absoluta nitidez, a mis ocho años, aquella parada felina, casi virtual, de Miguel Ángel. Ocurrió en el Mundial 78 de Argentina, en un partido contra Austria, cuando el felino de sólo 1,74 metros voló de la forma más plástica y menos adornada que uno recuerda ante el tiro del austriaco Kreuzer. Al parecer, fue la fuerza aerodinámica del balón la que le hizo volar por el aire más de la cuenta, cuando ya había atrapado con sus guantes aquel balón Tango.

Por supuesto que he recurrido a Youtube para volver a evocar aquel paradón, pero sólo para confirmar que aquella acción, como digo, no es sólo un recuerdo, sino una estampación de la memoria, incluso un holograma en este álbum sentimental de la añoranza que va más allá, mucho más allá del territorio del fútbol. La nostalgia nos convoca a veces para que descifremos lo que tiene de arcano. La vida hay que vivirla y es verdad que hasta puede ser maravillosa (recuerden, ay, la célebre cita del también fallecido Andrés Montes, el periodista deportivo que nos dejó extrañamente en 2009). Admitimos que sí, que la vida puede ser maravillosa. Pero hay veces también en que la vida nos revela lo que tiene de siniestra truculencia. El muy atlético Miguel Ángel, un cuerpo nacido para el deporte, ha tenido que morir de ELA, la enfermedad anuladora y humillante de la que el también portero y enfermo Juan Carlos Unzué ha removido conciencias entre la inmoral clase política española.

Ahora, hace unos días, moría el último de los nuestros. El alemán Andreas Brehme, aquel rubicundo lateral alemán, falleció de un infarto. Uno lo asocia indefectiblemente al gol de penalti que anotó ante el arquero Goycoechea y con el que Alemania, entrenada precisamente por Beckenbauer, ganó el Mundial de Italia en 1990. Nos enteramos en su día de los apuros económicos por los que estaba pasando el lateral y a veces mediocentro tan prodigiosamente ambidiestro (hacía uso indistinto de sus dos piernas hábiles).

Se ha ido, al fin y al cabo, otro de los que son copartícipes de lo que hoy somos. El fútbol, pese a lo que hoy destila como porcacha, es más que fútbol. El álbum de nuestros cromos favoritos se está convirtiendo en un obituario de esquelas. Andreas Brehme, el último caído, nos recuerda lo que la vida tiene ya de responso a ciertas alturas de la historia. Responso por los demás y, en parte también, por uno mismo también.