Nuestras Firmas: Javier González-Cotta

Papá, no vengas

Esplendor en la Hierba

Javier González-Cotta
23/10/2022

Decía el fallecido escritor y columnista por libre –pese hacerlo para El País– Javier Marías que "el fútbol es la recuperación semanal de la infancia" (lo hemos recordado por aquí alguna que otra vez). La frase es todo un diapasón de nostalgia, sobre todo para quienes –como el que esto escribe y tal vez como el improbable lector¬– el fútbol ha formado parte de aquella cavidad del tiempo a la que hoy por hoy, vista con pavorosa distancia, llamamos infancia. El domingo a las cinco a la tarde tenía uno su sesión de infancia como grata recordación para lo por venir. Recordamos algunas escenas de antaño, pero que aún perduran en la memoria como membrana adosada. Son las siguientes.

Ahora que los infartos del personal se prodigan en las gradas de los estadios, una imagen que siempre recordamos es la de los aficionados que, de repente, empiezan a levantarse de sus asientos en una especie de oleaje humano (fue mucho antes de la ola que hizo fama en el Mundial de México 86). Todos miraban a un lado, por curiosidad y morbo indisimulado. Normalmente la atención era debida a algún aficionado, que parecía sentirse indispuesto. A veces el susto no pasaba de un leve vahído pasajero. Pero a veces sí tenían que intervenir los camilleros de la Cruz Roja. Saltaban de la hierba del terreno de juego por el foso del campo, con la camilla a hombros, y subían por las gradas a la carrera, como si estuvieran ejercitándose en unas maniobras militares. Recuerda uno aquello, sobre todo porque resultaba extrañamente armónica aquella especie de ondulación humana que se iba levantando asiento por asiento, zona a zona del campo, por tribuna la mayor parte de las veces.

Otro recuerdo de niño que perdura es el de los insultos de determinados aficionados. A oídos de un niño, aquello causaba más extrañeza zoológica que conmoción sensible. En el Benito Villamarín, en un partido de Copa del Rey entre semana entre el Betis y el Oviedo, recuerda uno a un aficionado con gabardina del inspector Gadget que, tras un par de jugadas polémicas y uno o dos posibles penaltis no pitados al Betis, no hacía más que levantarse airado, brazos en alto, de su asiento. Miraba a la hermandad verdiblanca a su alrededor, preguntando si alguien tenía a mano una pistola. "¡Con pistola, al campo hay que venir con pistola!", decía a voz en cuello. Lógicamente, a quien había que disparar era al árbitro, artífice de todos nuestros disgustos, de toda nuestra desgracia y mala suerte en la perra vida.

En la otra acera de Nervión, en cuanto a vísceras sulfurosas del personal, de niño también habríamos de recordar para siempre la sinfonía de insultos que, a espaldas de nuestro asiento, prodigaban dos hermanos gemelos, de gafas de pasta con dioptrías a lo Federica Montseny (la célebre anarquista de la guerra civil). Ambos tenían la cabeza grande y oblonga, torso fofo; lucían entradas y pelos revueltos y, ambos también, solían alternar los denuestos con la fumarola de dos señores puros habanos. Tan pronto el árbitro daba su pitido inicial en el partido de marras, el dueto de ópera napolitana la emprendía con un sinfín de insultos que sólo hallaban la calma cuando la pareja, algo cansada por el esfuerzo, se tomaba unos minutos de relajo para retomar luego la sinfonía de improperios (hay que decir que gozaban de toda la riqueza de la Real Academia de la Lengua Española). Uno era un niño por entonces y se nos quedó esta imagen grapada –más que grabada– en la memoria. Luego, con el tiempo, descubrimos a otros gemelos que nos marcaron lo suyo, como el dúo escocés The Proclaimers. Pero ninguna otra pareja de gemelos superaron en recuerdo a la imagen de aquellos dos aficionados del Pizjuán en el tránsito de los 70 a los 80.

Que uno sepa –salvo que alguien nos desmienta– ni la imagen del tsunami de cabezas ante el infartado de turno, ni el aficionado y doctor Gadget del Betis, ni los gemelos insultadores del Pizjuán nos han causado trastorno ni fueron determinantes ni lesivos para la formación de nuestra conducta. Crecimos dejando la niñez, sin pensar en el siniestro Peter Pan de J.M. Barrie, y poco más.

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