Nuestras Firmas: Javier González-Cotta

Bienvenidos a Qatar Paradise

Esplendor en la Hierba

Javier González-Cotta
11/11/2022

Si me preguntaran si soy retrógrado, contestaría sin ambages: sí. Si soy ultramontano, pues claro que sí. Si reaccionario, sí, sí y sí. Dado que me gusta el fútbol, sin duda defiendo que el fútbol de antes era mucho mejor que el de ahora. Un claro signo de vejez inoculada, lo confieso. No me refiero al fútbol en tiempos del Real Madrid yeyé, o al fútbol parsimonioso de antaño, donde los jugadores se pasaban el balón con una cachaza intolerable. Me refiero al fútbol que me educó, que es el fútbol de los 80 y muy primeros 90. Sin duda no fue el mejor de la historia, ni por estética, ni por virtuoso, ni por modales dentro y fuera del campo. Pero es parte de la gran magdalena de la memoria, entre Marcel Proust, el botellazo a Juan Gómez 'Juanito' en Belgrado y la calva broncínea del periodista de los rayos uva Quique Guasch.

Este introito viene a cuento del estado en el que hoy nos hallamos, a fecha de noviembre de 2023. Mira uno a su alrededor y sólo observa un mundo arrasado. Escombros, desamortización y cacharrería. Nada queda del mundo de ayer, del fútbol en el que uno se educó (hasta me conformaría con el fútbol de justo el día antes de la aplicación del VAR). El fútbol, salvo el de los más caballerosos albores, siempre ha sido un negocio redondo, valga la redundancia. Hasta el hincha más jenízaro reconoce que el fútbol es otro nombre del dinero. Pero el Mundial de Qatar es el clímax: no hay más dios que el dinero y la FIFA es su único profeta. AljoFIFA, la llaman desde los tiempos del beato Havelange.

Véase el destrozo alrededor. La Liga se interrumpe en pleno otoño, cuando por fin empieza a llover algo y en los partidos de competiciones europeas se ven a los jugadores nórdicos y del Este echar vaho en estadios neblinosos. Este fin de semana hay partidos de Copa del Rey: muchos pimpollos de Primera se enfrentarán a partidos trampa contra ciertos equipos cuyos topónimos remiten a la España vacía. Resulta inaudito, pero los clubes aprovecharán la pausa del Mundial para regalar vacaciones y hacer luego giras y bolos internacionales (el Betis viajará a Sudamérica para jugar contra Colo-Colo y River Plate, el Espanyol hará su estadía en la Costa Cálida murciana, el Villarreal disputará partidos en Turquía, etcétera).

Será algo parecido a esos cálidos ‘stage’ de Marbella o el Algarve que hacían los equipos rusos ante el parón de su liga en invierno: puesta a punto de nuevo y, entre hora y hora muerta en el hotel, algo de Play, algo de Instagram y algo de molicie y onanismo por aburrimiento. El mercado invernal de fichajes va a cobrar ahora un interés inusitado (sobre todo para los equipos que ya tragan saliva con sabor acre a última bala: todos miran al Sevilla del señalado Monchi). Uno se pregunta si esto es culpa también del cambio climático. O sea, esto de que en materia de fichajes sea otra vez verano en lo ambiental en vez de invierno (consultas ansiosas en las webs deportivas, soplos de posibles fichajes, chascarrillos vía WhatsApp…).

Así, pues, están las cosas. Luis Enrique, como todos sus homólogos, da el parte de los elegidos para jugar en Qatar (acabará el Mundial y no tendremos claro si escribir Qatar o Catar). El encuentro entre Ecuador y la selección anfitriona en el estadio Al Bayt de Jor –¿cuántos esclavos y menestrales habrán muerto en su construcción?– inaugurará el atracón de partidos. El primer cólico discurrirá hasta el 2 de diciembre: cuatro encuentros al día a temperaturas entre 18 y 30 grados.

El destrozo al fútbol como única fuente de orden estacional en la vida alcanzará su pico de locura cuando el zapping nos permita elegir entre un Marruecos-Croacia del Mundial o un partido de la Liga Smartbank (aquí la competición continúa con toda su nobleza). Quién sabe, además, si a esa misma hora podría estar jugando nuestro equipo algún que otro bolo de verano-invierno en razón del citado cambio climático. Después, entre otras cosas, nos quejaremos del aumento de las enfermedades mentales.

En la ironía el tiempo demuestra su imbatible retranca. El último Mundial celebrado en términos más o menos civilizados fue el de… ¡Rusia 2018! Putin veía por entonces los partidos de su selección, la que eliminó a España, como ahora está viendo la huida de su ejército de Jersón hacia la voluble Crimea. Somos olvido de por sí, más allá de que el alzheimer se empeñe en querer hacer amigos. Por eso casi nadie recuerda ya que fue aquí, en la Madre Rusia (la que ya soñaba con invadir Ucrania), cuando se incorporó a nuestras vidas ese gatillazo llamado ‘Video Assistant Referee’ (alias VAR). Todo quedó diseñado para cortar los orgasmos de los goles, para reinterpretar las jugadas y para, en definitiva, impartir justicia de la basura con efecto retardo. El estreno tuvo lugar en un Australia-Francia de primera ronda. El defensa australiano Josh Ridson golpeó a Griezmann dentro del área. El árbitro, el uruguayo Andrés Cunha, no lo advirtió y fue conminado por el VAR a ver la jugada en el monitor. Penalti y gol del propio Griezmann. Aquí empezó el supuesto fútbol más justo.

Un anticipo de Qatar se vio ya en la propia Rusia 2018. Egipto perdió en su debut contra Uruguay. Pero su portero, Mohamed El-Shennawy, fue elegido el hombre del partido pese a la derrota. El cancerbero rechazó el premio. ¿Por qué? Porque la presea estaba patrocinada por la marca de cerveza norteamericana Budweiser. El portero Mohamed, musulmán de estricto cumplimiento, se negó a recibir el trofeo que tenía forma de pinta con el rótulo de la marca cervecera.

El Mundial de Qatar es el llamado mundial de la ignominia. Atentado al calendario. Adulteración de las ligas nacionales. Sospechas de sinecuras y corrupción (dígase ‘Qatargate’). Estadios estelares manchados con sangre de obreros mártires. Homosexuales vetados en público. Prohibida toda libación de alcohol. Mujeres con atavíos pudibundos… ¿Qué quieren que les diga? Pues yo estoy de acuerdo con que el ‘niqab’ lo cubra todo, que no se pueda beber cerveza a gollete (ni siquiera de incógnito en la habitación de los hoteles). El país organizador impone sus reglas, normas y costumbres socioculturales por la sencilla razón de que es el pagador del festín. O lo tomas o lo dejas. Y la FIFA optó por adorar al becerro de oro al elegir Qatar, ese adinerado espigón que abreva sobre el Golfo Pérsico. Lo hizo justo en un país cercano a donde Mahoma se propuso destruir los ídolos de la era de la ignorancia, los de antes del Islam. Después del Islam, en la hégira 2.0 de hoy, el fútbol es adorado ahora como un ídolo. Si Mahoma, que Alá esté con él, levantara la cabeza… Otra ironía.

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