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Tiempo de bailar

Antonio Félix
Antonio Félix
15/05/2024

El Betis se va a meter otra temporada más en Europa. Preparen el bombo y los platillos. Pronto cantarán los bardos el éxito sin parangón que supone y se descorchará el champán para brindar por un futuro que, indiscutiblemente, será todavía mejor. Sobre todo para algunos.

Camino de la década en el poder de dos señores que, recuerden, venían sin apego ninguno al cargo (y que ahora ya tienen hasta a familia en nómina verde y blanca), cabría pensar que la progresión del Betis resulta evidente. Los resultados, a tal fin, son incontestables. El equipo, bajo la sagrada orden de Manuel Pellegrini, se ha instalado con todo merecimiento en la élite de la Liga, entre los elegidos que pugnan sí o sí por Europa cada campaña. El plantel es poderoso y, pese a la pérdida de elementos señeros, mantiene el tono con fichajes de gran nivel. En general, el pueblo está contento, y colma con algarabía la grada del Villamarín. El escenario es de bulla y satisfacción. Magnífico para perpetrar impunemente grandes barbaridades.

Deportivamente, hay pocos peros que ponerle al Betis. Sin embargo, tal faceta es sólo el haz de la foto del club. La más bonita, la que más se ve, pero no la única. Ni siquiera, en cierto sentido, la más importante. En el envés de esa imagen nos encontramos números y más números, farragosos y desagradables, que el público suele pasar por alto pero que, en realidad, ofrecen una señal muy intensa para evaluar la verdadera dimensión del club. Incluso para profetizar lo que va a ser en el futuro. No se engañen. Mientras el Betis no sea capaz de hacer florecer sus cuentas, todo lo bueno que vean sólo podrá considerarse pasajero. Cualquier perspectiva de grandeza será remota.

El último ardid para arreglar su quiebra ya lo conocen: la ampliación de capital. Cada bético rascándose el bolsillo para ayudar a su equipo, a 365 euros la papeleta. Conviene mantener la lupa en una operación que los apologetas de la causa han vendido como la pócima mágica de la futura grandeza bética. Pero que, en realidad, apenas si es un bálsamo circunstancial con el que aliviar temporalmente las trágicas cuentas del club. Si no un veneno que pudrirá, definitivamente y por vida, al Betis de los béticos.

No hay que irse muy lejos para entrever cómo la ruina económica, lenta pero implacablemente, destroza incluso al que parecía más acorazado buque de Champions. Así que celebren y bailen, coreen y descorchen. No sea que la fiesta sea más efímera de lo que les cuentan.