Nuestras Firmas: Lucas Haurie

Monchi, vuelve (si es que puedes)

El tackle

Lucas Haurie
27/10/2022

Que el Sevilla echa de menos a Monchi (ni siquiera al mejor Monchi: a una versión normalita de Monchi) es una evidencia que ni el más acérrimo de sus partidarios (yo mismo) está en condiciones de poner en duda. El sector más levantisco de la grada del Sánchez-Pizjuán, vitaminado por la (decreciente) capacidad de influencia de un expresidente enajenado, paga su lógico enfado con el consejo de administración y pide a voces la dimisión de Pepe Castro –ha dimitido y bien que ha hecho en renunciar a la vocalía de la RFEF– cuando su equipo avergüenza a la afición, lo que esta temporada sucede con enojosa regularidad.

Pero todos, encendidos protestones o silentes sufridores, saben que el principal responsable de la ruina que se atisba, porque tiene toda la pinta de que lo peor está por llegar, es Monchi. Los entrenadores, con sus llamativos defectos, son víctimas de una plantilla espantosa y la superioridad, en fin, ¿de verdad vamos a reprocharle el haber puesto el cuarto presupuesto de la Liga en manos de un director deportivo de sobrada capacidad? ¿Habría tolerado Monchi, y habría jaleado alguien con dos dedos de frente, injerencias del presidente o del vicepresidente en su planificación? La práctica totalidad de los hinchas asume, por tanto, que Monchi ha concatenado errores hasta llegar a este drama, pero tan evidente es esto como imposible resulta que purgue sus culpas: nadie quiere eso y, en caso de quisiera, sería injusto.

El Sevilla de Monchi, por consiguiente, renacerá con Monchi o morirá con Monchi, de ahí la perentoriedad de que Monchi desista de su actual actitud pueril, esa pataleta del alumno al que han pillado con una chuleta, y regrese a su ser. En el verano de 2022, como estrambote a varias ventanas de mercado erráticas, Monchi ha actuado de la siguiente forma, según atinada analogía de un amigo que, como sevillista, lo admira y le agradece su espléndida obra. Que, además, es criterioso en materia futbolística: “El ingeniero de una escudería de Fórmula Uno –me decía– puede elegir mal el motor o equivocarse con el perfil del piloto que va a poner al volante o hacer un cálculo inexacto con la aerodinámica del alerón. Lo que no puede es sacar a una carrera un coche con tres ruedas. El Sevilla tiene defectos tan evidentes y groseros, que parece un coche con tres ruedas dando tumbos por el circuito”.   

Existe la convicción generalizada, sin embargo, de que la persona más adecuada para arreglar el desaguisado de Monchi es… Monchi. Y es cierto, excepto que deben darse para ello dos condicionantes previos. Uno, que Monchi quiera. Dos, que Monchi pueda. ¿Querrá? ¿Podrá? No puede saberse todavía, pero es senciullo acordarse en casos así del pensador italiano Antonio Gramsci, cuando se preguntaba si la revolución socialista triunfaría algún día. Aseguraba vivir entre el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia, es decir, se entusiasmaba con la abnegación de sus camaradas pero sus torpezas le arreaban un duro bofetón de realidad. En esa incertidumbre andan (andamos) quienes guardan el recuerdo del gran Monchi hasta que ven (vemos) jugar al bodrio que ha montado Monchi.

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