Nuestras Firmas: Lucas Haurie

Chusmocracia aplastada

El tackle

Lucas Haurie
10/01/2021

Bueno, amigos, van a perdonar que celebre la renovación de Julen Lopetegui hasta 2024 con el ladrillo completo que les endilgué en este mismo rincón el 4 de junio de 2019. Valga, por cierto, la elección del verbo “celebrar” y no porque nada me una al entrenador renovado, sino porque una prolongación fulgurante de un contrato sólo acaece si, previamente, se han celebrado éxitos celebrables.

 

La primera decisión con calado real de Monchi tras su vuelta al Sevilla ha sido la (incomprendida: excelente cosa) elección de Julen Lopetegui, de quien congratula comprobar que no ha pervertido la grafía castellana de su apellido. Bien. Oriundo de Asteasu, un pequeño pueblo de Guipúzcoa que en las últimas elecciones generales entregó a EH Bildu el 45,62% de los votos, el técnico completa sus tópicos ocho apellidos vascos con Agote, Aranguren, Arteaga, Eizmendi, Kalparsoro, Usabiaga y Ugartemendía. Esa ristra que se abre sin renunciar a la “u” que forma la digrafía para propiciar la pronunciación oclusiva velar sonora de la última sílaba y que se cierra con la tilde que rompe un diptongo: dos españoladas prescindibles en el idioma vascuence y si es cierto, como dicen que dijo Gustave Flaubert, que “Dios y el diablo están en los detalles”, ahí tenemos a un señor bastante resistente a la enorme presión ambiental que es capaz de ejercer el nacionalismo totalitario en el deep Euskadi.

Es interesante, así, lo que esboza esta alianza recién inaugurada por dos exporteros que han logrado mayor lustre en sus carreras como técnicos que con los guantes puestos. Porque si se aprecia todo un carácter en la penúltima letra del primer apellido, esa “u” insumisa y cimarrona, ¿qué decir de la bizarría que desprende la elección de Monchi? Investido de todo el poder deportivo en el Sevilla, gracias al crédito acumulado en su etapa anterior, ha desafiado a crítica y clientela fichando a un entrenador que provoca indiferencia en el mejor de los casos, abierto rechazo en la mayoría y, desde luego, entusiasmo en absolutamente nadie. Lo avala, eso sí, la experiencia en ganar apuestas impopulares, pues sólo a dos predecesores de Lopetegui se los recibió en Nervión con tanta inquina apriorística: el tartaja Ramos, con pasado bético y que encima suplía contracorriente a un mito como Caparrós; y el cuqui Emery, que llegaba para dirigir un equipo a la deriva y para trabajar en un club inmerso en una espiral frenética de decadencia e inmoralidad.

Está por acuñarse un aforismo que bendiga a las sociedades que sepan apartarse en su gobernanza de la chusmocracia, el mal de estos tiempos de redes sociales y analfabetismo, valga la redundancia. Ojalá que el éxito del Sevilla de Monchi y Lopetegui (¡con Pepe Castro a los mandos!) opere la necesaria pedagogía.

 

En efecto, y sumada la sexta Europa League en Colonia, puede certificarse que los éxitos del Sevilla en el siglo XXI los ha pergeñado Monchi junto a tres entrenadores de perfil muy parecido: más bien siesos y poco mediáticos, nada rumbosos ni siquiera investidos de un mínimo carisma. Gente así, claro, no agrada al chusmócrata contemporáneo ni a los gurús de las televisoras desde las que los adoctrinan, que siempre preferirán el triquitraque bufonesco de un Sampaoli o la estomagante superioridad moral de un Setién. En cuanto al Sevilla, en efecto, ha conseguido ser una de esas instituciones maduras donde el rumbo lo marca el que sabe (¡aunque se equivoque!) sin atender al griterío del pueblo, ese magma viscoso al que no conviene acercarse mucho.

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